No digas sí, di oui

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por Rafael Carballo

Sí y No son dos conceptos contrarios. Como el día y la noche, como el blanco y el negro, como la luz y la oscuridad; no debería haber espacio para la menor confusión. Sin embargo, en este país los límites de estos significados se han contaminado: el No no siempre es no y el Sí, a veces es no o no sé o quién sabe, a lo mejor, puede ser.

Sí y No se han convertido en palabras cuyo significado es intercambiable, palabras perdidas en una suerte de cordialidad mal entendida, en la hipocresía, en el deber ser mal fundamentado, en la falta de valor, qué se yo.

Supongo que estos términos han perdido su significado por esta incapacidad que tenemos en México de decir las cosas como son y nuestra tendencia a suavizarlo todo. Por eso usamos tanto los diminutivos o el plural mayestático (cuando el No debería de ser rotundo). Y a fuerza de no decir No, el Sí se debilita inevitablemente; todo se torna gris, se diluye en una infinidad de matices cuyos límites nunca quedan claros, donde todo es sí y no, no y sí. Nuestro sino, al parecer.

Qué tan difícil es decir que no.  ¿Quieres ir al cine? No. Punto; no hay más. Pero suele convertirse en un “sí, claro, nos hablamos” que nunca va a ocurrir. ¿Te gustó la comida? Sí —cuando en realidad nos provocó un par de arcadas y estuvimos a punto de devolverla sobre el mismo plato—. ¿Nos vemos en la noche? Sí —cuando en realidad tenemos otro compromiso que lleva prioridad—. ¿Sabe cómo llego a esta dirección? Sí, dos cuadras para allá y luego a la derecha —cuando en realidad la respuesta debe ser No sé, No tengo puta idea, pregúntale a alguien que sepa, baja el Waze o lo que sea—.

A fuerza de decir que Sí cuando debemos contestar que No, hemos perdido ambas palabras. En algún momento, por motivo desconocido, llegamos a pensar que es mejor decir una mentira que una negación. ¿Por qué? ¿Por qué preferimos mentir o no responder antes que dar una negativa que podría ser mejor para todos?

Trabajé algunos años en Estados Unidos y, como periodista, una labor común es buscar gente para entrevistarlos. Allá, uno habla a la oficina de prensa, se presenta, explica qué necesita y en ese momento (en un par de horas, al día siguiente, en el peor de los casos) te dan una respuesta. Sí o no. No, no nos interesa hablar con su medio, no vamos a dar declaraciones, no tenemos tiempo para atenderlo. Uno no pierde el tiempo y sabe a qué atenerse. Aquí, en cambio, hay tres respuestas posibles: Sí y que ocurra la entrevista según lo previsto; Sí y que luego nunca se fije fecha y me hagan esperar días, semanas, meses, hasta que gane el agotamiento (el viejo paradigma de la música vernácula: a todos diles que sí, pero no les digas cuándo); o bien, el silencio. Cualquier cosa en lugar de decir No.

Mientras pasan los años, menos entiendo, pero me parece cada vez más sensata la orden del Inspector al sargento Dodó. Quizá si dejamos de decir Sí y decimos Oui, podamos recuperar el perdido y maravilloso uso del No.

(Publicado originalmente en el blog de Rafa: https://diariodeunjeiter.wordpress.com/2016/08/08/no-digas-si-di-oui/)