6 conceptos para entender por qué los humanos dejaremos de importar (más pronto de lo que crees)

Compañeros y sustitutos::shutterstock

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por Ruy Feben

El futuro es una zona de juegos para la ficción desde hace muchos años. Son incontables las novelas, cuentos y películas que han especulado al respecto; pero también son muchísimas las aproximaciones científicas a eso que, como civilización, nos espera dentro de algunos años. Más de una vez, estas especulaciones y aproximaciones han sido desmentidas por la realidad, ya sea para bien o para mal. Hoy no tenemos el videoteléfono que aparece alegremente en ilustraciones francesas de hace un siglo (donde la pantalla parecía más bien un espejo), ni zapatófonos, pero tenemos smartphones. En 1900, se pensaba que el viaje por aire sería a través de barcos con hélices, y en 1960 se especulaba sobre la inminente existencia del auto volador. Hoy eso nos parece ridículo, pero no tenemos empachos en imaginar una colonia en Marte en menos de 10 años. Y vaya, probablemente pasará, aunque quizá de un modo que no esperamos.

Desde Marte:shutterstock

Desde Marte:shutterstock

A pesar de que el futuro suele ajustarse, hoy, en pleno 2016 (año que en muchas películas y en muchísimos libros ya estaba mucho más allá del futuro), tenemos nuestra propia versión de lo que está por venir. Como en los casos del pasado, lo que hoy imaginamos parece un poco ciencia ficción. Con una diferencia: en este, nuestro futuro, nosotros dejaremos de existir; los seres humanos tal y como somos hoy ya no seremos requeridos. Y no, no lo dice una película protagonizada por Arnold Schwarzenegger ni un libro de Philip K. Dick, sino genetistas, diseñadores, programadores y mercadólogos, entre muchos otros expertos, en todo el mundo. Sin embargo se trata de una ciencia ficción que sucederá tan poco a poco, de manera tan mesurada (y, de algún modo, tan agradable), que antes de que nos demos cuenta, estaremos fuera. Para que no nos tome del todo por sorpresa, aquí seis términos útiles para recorrer el futuro inmediato y prepararnos para ese porvenir que no nos quiere.

El juego de todos:shutterstock

La Nube. A muchos les parece un concepto todavía extraño, pero en realidad casi todos utilizamos La Nube con regularidad y absoluta tranquilidad. ¿Escuchas música en Spotify? ¿Guardas tus archivos en Dropbox o Google Docs? ¿Ves películas en Netflix? ¿Usas una laptop o tablet con baja capacidad de almacenamiento pero alta capacidad de procesamiento? Bien: vives en la Nube. Se trata de una red de servidores donde están alojados archivos, servicios y programas a los que puedes acceder desde cualquier dispositivo. Esto, por un lado, ayuda a que los equipos personales o empresariales no se sobrecarguen; por otro, hace que toda la información sea accesible a todo el mundo (aunque la información sea solamente tuya). Aquí podría residir la primera línea donde comienza nuestra extinción en el futuro: como la nube permite conexión estable a internet y acceso a tantísima información, de aquí se colgarán servicios como los autos sin conductor y todos los que requieran de realidad virtual (cirujanos operando desde otro continente, por ejemplo).

Impresoras 3D:shutterstock

Impresoras 3D:shutterstock

Impresión 3D. Sí, es impresionante. Sí, es baratísimo. Y además, divertido: ¡hay gente imprimiendo muebles! ¡Hay gente imprimiendo casas! ¡Y comida! El futuro próximo, muy próximo (antes de 2020) parece estar construido por impresoras 3D. Esto es, en principio, una cosa buenísima: nos permitirá tener muchas cosas mucho más baratas (y, de hecho, cambiará el modelo económico para muchas industrias: pensemos en un diseñador de ropa, por ejemplo, que en vez de vender prendas podrá vender sólo el diseño, para que cada usuario final lo imprima cuantas veces quiera), pero ante todo nos permitirá superar un problema que hemos tenido básicamente desde siempre: pronto podremos imprimir partes del cuerpo y reinstalarlas. ¿Te cortaste un pulgar cuando jugabas a la carpintería? Descárgate el modelo que te corresponda (o, mejor: ve a la Nube, entra al archivo con las especificaciones físicas de tu cuerpo y descarga tu modelo personalizado), prográmalo en la impresora, y en unos minutos podrás enlazarte en videollamada con tu cirujano plástico, que vive en Hong Kong, para que te lo reinstale a través de realidad virtual. Los dedos son el primer paso: pronto podremos imprimir hígados, corazones, pulmones; si para entonces enfermedades como el cáncer no se han erradicado, la cosa será tan fácil como cambiar el órgano afectado y listo. Y sí, esto es un gran paso en el sector salud… y una gran posibilidad de negocio para la cirugía plástica. Es decir: ¿para qué imprimir mi caja torácica si puedo tener la de Brad Pitt? Una enorme, enorme parte de nuestra personalidad depende de la relación con nuestro cuerpo: los traumas que nos genera ser gordos o calvos o enanos o feos o… ¿Qué pasará si desaparecemos esa relación?

Cuando no importemos:shutterstock

Cuando no importemos:shutterstock

Robots. La revolución robot es algo real y es algo cercano. Y no, no se trata de un ejército rígido de androides al mando de un loco dictador con parche en un ojo. Se trata de máquinas que cocinan por nosotros, y que limpian por nosotros, y que conducen por nosotros. Se trata de cajeros automáticos y armadores de coches. Son tu Roomba y tu Thermomix. Los robots que lideran la revolución te aman, y tú los amas a ellos. Pero por el momento se trata de robots simples: están programados para realizar una sola acción, a menudo cosas muy sencillas que nosotros no queremos hacer. Eso también pasaba en los Supersónicos, y hoy nos parece muy ingenuo, ¿recuerdas? Sin embargo, el futuro de la tecnología tiende al multitasking, así que, igual que con los smartphones y las impresoras 3D, pronto habrá cada vez más robots multiusos. Tu Roomba y tu Thermomix serán un mismo ente (¿Thoomba? ¿Remomix?), que cocine de día y limpie de noche. Que haga el jardín (Thoomba Garden Edition) y vaya por los niños (Nanny Thoomba Garden Edition). Que lo haga todo. Para que programarlo no se vuelva una tarea homérica, habrá que darle a esos robots una interfaz de uso tan similar a nosotros como sea posible: que todos ellos sean, o incluyan, una Siri. Que nos hablen. Que nos escuchen. Que nos entiendan. ¿Y cómo hacer eso si no es con una inteligencia similar a la nuestra?

 

Inteligencia Artificial. Es mucho más que HAL 9000 y películas de robotitos buena onda que entran en contacto con sus emociones: el desarrollo de inteligencia artificial es una de las áreas de investigación más importantes en el mundo (básicamente porque todos queremos un robot que nos saque del apuro). Y eso está muy bien porque, más allá de reconocernos cuando les pidamos algo en casa, más allá de que las máquinas desarrollen inteligencia emocional que les permita ser empáticas para que los niños no lloren al ver que fue el robot a recogerlos a la escuela, pronto podremos delegar a las máquinas los trabajos que de verdad no queremos hacer. Y no, no es lavar los platos: es hacer la contabilidad de la empresa; tomar decisiones legales; planear nuestras ciudades; decidir cuál es la mejor plataforma política para cada país en cada momento; escribir nuestras noticias (y nuestras notas sobre el futuro en el que los humanos no seremos necesarios), nuestros guiones de tele, nuestros chistes malos acerca del robot Thoomba. Y, eventualmente, cuando tengamos máquinas y robots con una capacidad de procesamiento similar a la de nuestro cerebro (hay quienes calculan que eso pasará en 2020) y cuando sepamos exactamente de qué va nuestro cerebro (lo cual, con ayuda de esas máquinas, podríamos descubrir antes de 2030), podremos crear máquinas tan inteligentes como nosotros, con una diferencia: esas máquinas tendrán una capacidad de acceso a la información más veloz que nosotros (“Remember La Nube” será nuestro grito de batalla), mayor capacidad de procesamientos de datos y de cálculo. En otras palabras: serán tan inteligentes como nosotros… pero con más herramientas que nosotros.Y en determinado momento, las máquinas inteligentes empezarán a crear sus propias máquinas inteligentes (porque, hey, nadie quiere hacer el jardín o ir por los niños a la escuela), quizá hasta más inteligentes que ellas; y éstas crearán máquinas más inteligentes, y cada vez más inteligentes hasta que lleguemos a una palabra que ha sido muy manoseada en los últimos 15 años:

Singularidad:shutterstock

Singularidad:shutterstock

Singularidad. Este término genera confusión por todos lados en parte porque hay muchos tipos de singularidad (matemática, gravitacional, mecánica…) y en parte porque la singularidad que nos interesa, que es la singularidad tecnológica, significa, bueno, significa básicamente que hay un punto en esta historia después del cual todo es muy confuso. La definición más clara de singularidad tecnológica la da Wikipedia, y dice así: “es un hipotético punto a partir del cual una civilización tecnológica sufriría una aceleración del progreso técnico que provocaría la incapacidad de predecir sus consecuencias”. El punto donde para nosotros empieza la singularidad está precisamente donde una inteligencia artificial comienza a crear inteligencias artificiales superiores a sí misma, pero sobre todo superiores a nosotros. Especular sería cuestión de lógica elemental: OK, somos la especie racional de este planeta, orgullosos responsables de todo lo que ha pasado entre la invención de la carne asada y el homenaje de Lady Gaga a David Bowie en los Grammys. Esto último demuestra que somos una especie imperfecta: a lo largo de la historia hemos seguido a demagogos dementes, hemos matado a los nuestros y a los que no son nuestros (hola, selva amazónica), nuestra democracia actual demuestra que no sabemos elegir con sabiduría casi nunca y el chart de Billboard es la irrefutable evidencia de que ni siquiera somos unos seres de algún modo orientados a la búsqueda de la belleza o de la verdad. En este panorama, si la inteligencia artificial del futuro es verdaderamente inteligente, encontrará la manera de llevar la rienda y hasta de sanar este mundo, del cual, casi siempre, nosotros somos plaga. ¿Para qué conservarnos? Una opción es la Matrix y no vale la pena ser (más) pesimistas. Otra, que nos tengan de mascotas (se impresionarán de que seamos capaces de responderles en su misma lengua). Otra, que nos pongan a barrer y a cocinar y a hacer el jardín. Otra, que se deshagan de nosotros. Otra, que nos dejen vivir, pero nos manden a otro planeta. Todo esto es, por supuesto, pura especulación, dado que para entonces estaremos del otro lado de la singularidad, y lo que pasará tras la singularidad, por definición, no puede predecirse. Aunque, si amarramos dos o tres cabos, podemos deducir que lo que sigue es el

 

Post humanismo. 2 + 2 = 4: tenemos impresoras 3D que nos permitirán dentro de poco hacernos de cuerpos distintos; tenemos una nube donde podemos alojar toda clase de información (y recordemos que nuestra mente no es más que un conglomerado de datos relacionándose en una red neuronal de conexiones, cómputos, algoritmos: somos un .exe); tenemos inteligencia artificial que podrá hacer reingeniería de nuestros cuerpos y nuestras mentes (y para la cual quizá seremos, así como somos ahora, un estorbo). Quizá, poco después del desarrollo de inteligencia artificial, sea fácil descargar nuestra mente a la nube (donde se mezclará con otras mentes, otros “programas” ahí alojados, difuminando la experiencia individual) y, a nuestro antojo, instalarla luego en el cuerpo que queramos. Podremos ser a veces hombres y a veces mujeres, de la raza que sea, del tamaño que sea. Podremos viajar a cualquier sitio del universo: pasar el largo viaje “apagados”, o viviendo en la nube una aventura de realidad virtual; al llegar al planeta destino, bastará con que la impresora 3D instalada en la nave nos imprima un cuerpo nuevo. Esto es especulación, por supuesto; sin embargo, Ray Kurzweil, uno de los más polémicos partidarios de la teoría de la singularidad, escribió en 1998 el libro “La era de las máquinas espirituales”, donde detalla un panorama quizá más realista, aunque no necesariamente menos impactante.
Todo esto es por ahora ciencia ficción, pero no olvidemos que empieza con una impresora 3D, con esa playlist que escuchas ahora en Spotify, con el Thermomix que quieres comprarte este año. Por fortuna, hay quienes están analizando estos fenómenos de una manera mucho más minuciosa, a favor de nuestra propia supervivencia, preguntándose lo mismo que este futuro nos pregunta desde allá, desde donde no podemos verlo nítidamente: ¿qué significa ser humano?