Antropoceno, la era del hombre

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por Florencia Molfino

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Un día desaparece la humanidad. La selva se come las ciudades, los edificios colapsan, los animales se adueñan de la Tierra. Nace una nueva civilización, ¿encuentra algún vestigio de nuestra antigua existencia? Si buscan en los sedimentos, arrecifes de coral y rocas, sí. Aunque por lo general se habla del cambio climático como el mayor efecto sobre la naturaleza causado por la industrialización, existe otro aún más profundo y complejo que podría llevar a un grupo de científicos a establecer el fin del Holoceno, la era geológica en la que la humanidad ha vivido los últimos 11 mil años tras la última glaciación, para rebautizar este tiempo como el Antropoceno, la primera época geológica marcada por la acción humana.

No se trata sólo de un cambio de nombre: significa que el humano ha alterado a tal punto la vida en la Tierra que sus modos de producción y vida tienen efectos geológicos permanentes, equiparables a los de la naturaleza. Colin Waters, geólogo del British Geological Survey y secretario del Anthropocene Working Group, una comisión dedicada a estudiar la posibilidad de renombrar nuestra actual era geológica, explica a ThinkTank New Media: “Hasta la fecha, el Anthropocene Working Group ha investigado la evidencia de que los seres humanos han modificado el planeta en la medida en que hemos producido una huella distintiva de nuestra existencia en los sedimentos físicos, en la diversidad de la vida, la química de los océanos y de la atmósfera, cuyos efectos persistirán como nuestro legado desde siglos a millones de años en el futuro. El hecho de que nosotros, con una población de 7 mil millones de personas, podamos tener un efecto tan veloz a nivel global a través de elementos que están acumulándose en los depósitos geológicos es importante. Observar que algunas de esas señales han alcanzado picos elevados, como por ejemplo los radionucleidos de la lluvia ácida y las partículas de carbón y combustible en el aire, nos muestra también una oportunidad de cambiar el rumbo de algunas, aunque no todas, estas tendencias que hemos puesto en marcha”.

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Tecnofósiles como memoria

¿Esto que significa? Que aún desapareciendo la humanidad entera, una futura civilización podría tener noción de nuestra existencia basándose en las huellas sedimentarias de nuevos minerales y tipos de rocas –llamados tecnofósiles–, producto de la combinación de materiales inorgánicos naturales con el aluminio, el hormigón y los plásticos, entre otros.

La fascinación (¿y el “optimismo”?), del doctor Waters por un porvenir rescatable es más sombrío para el profesor en ética Clive Hamilton, miembro del Climate Change Authority de Australia y autor de numerosos libros sobre el tema: “No creo que el nuevo concepto y el nuevo término darán lugar a mayores acciones [por parte de empresas y gobiernos], pero está trayendo una nueva perspectiva en la investigación, que también es impulsada por los resultados de la investigación del cambio climático, que se ha demostrado que es un problema de la totalidad del sistema terrestre, en lugar de algo exclusivo de la atmósfera y el océano”. Para Hamilton, la noción consciente de lo que implica nuestra influencia en el sistema terrestre podría apenas enraizarse en la conciencia popular en dos o tres décadas, cuando “ya sea demasiado tarde para volver a una época anterior”.

El Anthropocene Working Group busca además definir el inicio histórico del Antropoceno. La apuesta más fuerte está sobre mediados del siglo XX, tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se dio el más acelerado crecimiento poblacional, económico y tecnológico de toda la historia humana, cuyas raíces más tímidas datan de principios de la era industrial. A partir de los años cincuenta del siglo pasado, la población mundial pasó de 3 a 6 mil millones de habitantes; el consumo de petróleo creció a un factor de 3.5% desde 1960; el número de vehículos motorizados aumentó de 40 millones a fines de la Segunda Guerra Mundial a 700 millones para 1996 y en ese mismo periodo cerca de la mitad de la población mundial eligió las ciudades*.

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Segundas partes nunca son buenas

Si durante décadas se estudió el efecto de los avances técnicos y tecnológicos sobre el clima y el suelo, también se ha investigado una posible reversión de estos efectos en forma igualmente artificial. Pero las segundas partes nunca son buenas: en un trabajo publicado por la revista científica Philosophical Transactions de The Royal Society, se sostiene que existen “graves riesgos asociados con tratar de manipular deliberadamente el sistema de la Tierra para contrarrestar las influencias humanas, dada la falta de conocimiento del funcionamiento del sistema de nuestro sistema planetario y la posibilidad de producir cambios abruptos y/o irreversibles, algunos de ellos muy difíciles de prever, cuando se perturban sistemas complejos. Existen características intrínsecas del sistema de la Tierra, e independientes de la acción y los deseos humanos”.

Por lo pronto, lo que parece seguro es que el Holoceno ha quedado ya sepultado bajo los residuos de la civilización.

*Fuente: Philosophical Transactions of The Royal Society

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