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Cero

La hipocresía olímpica, como cada cuatro años, ha llegado. Fracaso, gritan sin ningún pudor. Nada en fútbol; nada en clavados; […]

La hipocresía olímpica, como cada cuatro años, ha llegado. Fracaso, gritan sin ningún pudor. Nada en fútbol; nada en clavados; nada en arco; nada en remo; nada de nada y, por supuesto, se desgarran las vestiduras.

Y sí, es un fracaso. Pero el problema del deporte en México no es de esta última semana; el problema, además, tampoco radica en los deportistas a quienes se les critica duramente con dos nalgas en el sofá y una mano dentro de la bolsa de papas fritas —ese es el nivel—. El problema es que en este país nunca ha habido un plan y un apoyo para fomentar el deporte a nivel educativo.

El problema del deporte en México bien puede encontrar su origen en las “clases” de educación física en la escuela primaria: una burla donde un panzón con un silbato en la boca te ponía a correr, sin instrucción alguna, mientras él mataba las horas del día para poder cobrar su quincena sin problema. Nunca ha habido un programa de acondicionamiento físico para los niños; nadie les enseña los principios básicos para correr, para jugar baloncesto, vamos, ni para jugar fútbol; así qué podríamos esperar de un deporte más sofisticado como la esgrima, los clavados o la gimnasia. Y, sin embargo, tenemos atletas compitiendo en esas disciplinas.

Hace cuatro años, México quedó en el puesto 39 del medallero, con una de oro, tres de plata y tres de bronce. Los deportes premiados fueron clavados, tiro con arco, taekwondo y fútbol. El caso del deporte nacional es algo insólito: el mayor logro del país en fútbol, un deporte con una infraestructura profesional y mucho dinero de por medio (y, sin embargo, este año se fueron luego de tres partidos). Las otras medallas de Londres 2012 fueron meros logros individuales, producto del trabajo, la perseverancia, el talento y la capacidad de sortear adversidades de ocho jóvenes (dos hombres y seis mujeres) que llevan años entrenando.

En la historia, México ha cosechado sólo 13 medallas de oro —diez menos que las conseguidas por Michael Phelps solito—, por lo que tampoco podríamos estar esperando una actuación apabullante de los atletas mexicanos. El hecho de que, al momento, México no tenga ni una medalla es, en realidad, lo normal; sería muy ingenuo esperar otra cosa. Y repito, la culpa no es de los atletas; a ellos no se les ha regalado (aunque el fútbol podría ser tema para una discusión aparte).

El ejemplo perfecto del fango en el que está metido el deporte en México es lo que ocurrió en los Panamericanos de Toronto, el año pasado, con la nadadora María Fernanda González, quien acusó a Carlos Padilla, presidente del Comité Olímpico Mexicano, de haberla presionado para que utilizara un traje de baño específico que no le quedaba bien (aquí la nota).

Estos mismos que gritan fracaso mientras se comen las papas fritas, seguramente, son los que hicieron burla de la gimnasta Alexa Moreno, llamándola gorda (algo que, además, no es cierto). Esos mismos, ahora estarían ebrios de felicidad y alcohol si, en cambio, lleváramos al menos una medalla de oro.

Pero, al final, no importan las medallas. Las siete medallas de hace cuatro, en realidad, sólo tienen un valor para quienes las ganaron con un apoyo paupérrimo y a pesar de los directivos. El deporte mexicano no se mide con medallas: es, de facto, un fracaso independientemente del resultado de los individuos que fueron a competir a Río de Janeiro. El deporte en México es otro de los rubros en donde hemos fracasado como sociedad, donde nuestro gobierno no ha hecho nada y nosotros lo hemos permitido.

(Publicado originalmente en el blog Diario de un Jeiter)

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