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Cruzar a Estados Unidos a cosechar marihuana

Con la legalización de cultivos de marihuana para uso medicinal en Estados Unidos es común que haya granjas dedicadas a […]

Con la legalización de cultivos de marihuana para uso medicinal en Estados Unidos es común que haya granjas dedicadas a eso. Como en cualquier trabajo agrícola allá, muchos trabajadores son mexicanos.

El empleo de Juan (cuyo nombre real permanecerá en el anonimato por razones de seguridad) consiste en recortar, cuidadosamente, los cogollos de plantas de marihuana previamente seca, separarlos de la rama y empaquetarlos.

Al menos, a eso se dedica unos meses al año en Estados Unidos; pero para cumplir el sueño americano, este chilango de unos 30 años, no se sube a La Bestia ni cruza a pie el desierto de Arizona, sino que se sube a un vuelo comercial que lo lleva, sin mayor riesgo, al norte de California donde trabaja en una de las muchas granjas de cultivo de cannabis que existen en a región.

“Una [chica] israelí que conocí en una playa de México me contó sobre el negocio; ella tenía un contacto y a mí me venía bien irme”, cuenta Juan en conversación con Think Tank, luego de probar bocado de la torta de chilaquiles.

Juan tiene ya tres años de experiencia realizando este laborioso trabajo en el que, en promedio, hay que trabajar unas 12 horas para empaquetar una libra [453 gramos] de marihuana. “Se gana bien: hasta 300 dólares por libra, aunque el jefe de la granja la vende a 1800 dólares”, confiesa con pesadumbre. “Ser inmigrante no es tan sencillo”.

 

Los cárteles en California
En 1996, California se convirtió en el primer estado del país en el que se aprobó el consumo de cannabis bajo prescripción médica; razón por la cual es en California donde se produce más marihuana, superando incluso los cultivos de trigo y maíz juntos.

Se estima que California tiene 32,000 hectáreas dedicadas a la producción de marihuana; lo que significa unos 125 millones de plantas (con fama de buena calidad). El epicentro de la producción es el conocido “Triángulo esmeralda”, área al norte del área de la bahía de San Francisco formada por los condados Humboldt, Mendocino y Trinity. Este paraíso es, de hecho, la nueva tentación de cárteles mexicanos.

Sin embargo, la ley estatal californiana sólo permite cultivar marihuana bajo ciertas condiciones estrictas, por lo que muchas de las granjas en la región son ilegales. El 75% de cultivos ilegales incautados por la Administración para el Control de Drogas (DEA) son de California.

La gran diferencia de estas plantas cultivadas en California es la calidad, según el mismo Juan. “A nadie le gusta la marihuana en México luego de probar la gringa. Por eso el negocio ya no está en pasarla, sino en cultivarla”, explica y agrega que los cárteles mexicanos “casi casi ponen el precio de la marihuana y controlan la zona con la misma violencia que lo hacen en México”.

Juan suele viajar a California entre agosto y setiembre, los dos meses del año de mayor producción; pero asegura que prefiere trabajar en las granjas ilegales porque gana más dinero a pesar de que son peores condiciones. “He trabajado en tres granjas, todas ilegales”, cuenta este chilango barbón de casi 1.70 de altura. “En las granjas de cultivo legal trabajan 20 personas y el dueño siembra hasta 99 plantas. La gente no puede salir, pero el jefe lleva la comida o hay lugar para cocinar, uno puede descansar cuando quiera, escuchar música y dormir en buenas habitaciones, pero pagan 100 dólares por libra de marihuana podada”. Apenas un tercio de lo que le pagan en una granja ilegal.

 

Corre lo más rápido que puedas
A JUan no le importa el riesgo. Las granjas ilegales llegan a sembrar hasta 3,000 plantas y se paga el triple por el mismo trabajo, a pesar de no contar con las mejores condiciones. “Tienes que ir por tu comida a una hora y media en auto; la casa no es muy linda; hay menos extranjeros; la gente está armada y drogada, y hay redadas de la policía todo el tiempo”, explica Juan. Sin embargo, no puede negar su buena suerte; a la fecha, este joven sólo se ha visto obligado a escapar de la policía en una ocasión. “La recuerdo perfecto, perdí una libra de marihuana ese día”, agrega.

El jefe de la granja le advirtió a Juan sobre el modus operandi de la policía. Pese a que las ventanas de las granjas están tapadas con bolsas de plástico y se procura la discreción, es fácil saber cuándo habrá una redada: una noche antes, hay helicópteros de la policía vigilando la zona y cuando ejecutan el allanamiento, suelen ir detrás del jefe o dueño del lugar.

El día de la redada policial la profecía se cumplió. Juan escapó a la playa más cercana, acatando las reglas aprendidas dentro de la granja ilegal. “Tenía el dinero y la identificación oficial en el bolsillo. Hay que estar preparado siempre, hasta cuando vas al baño, porque no sabes en qué momento llegará la policía y tendrás que echarte a correr”, confiesa.

Para poder escapar de una redada policial, hay que salir de la propiedad cuanto antes y si afuera uno es detenido hay que negarlo todo, una y otra vez. “Si te topas con algún policía hay que repetir ‘I don’t know’, todo el tiempo”, explica.

 

Mano de obra extranjera
Los jefes de las granjas prefieren contratar a extranjeros, explica Juan, porque trabajan más que los estadounidenses y, al estar aislados, se asegura la discreción del negocio. En lo personal, él prefiere trabajar podando la marihuana en vez de cosecharla en el campo. “El sueldo es por ocho horas; en cambio, al podarla, ganas por peso”, explica. “Así, en tres meses, gané 10,000 dólares”.

Actualmente, la competencia en el negocio se ha incrementado y eso representa un problema, asegura Juan, quien apunta que es importante, por eso, el contacto de alguien que pueda recomendar el trabajo. En la zona, por lo mismo, se ha incrementado el número de extranjeros: españoles, argentinos, cubanos, mexicanos. “Además, la gente en California es conservadora y está muy sacada de onda por ver gente extranjera vendiendo y fumando hierba por su barrio”, confiesa Juan.

Aunque la paga es buena, “no hay que idealizar el sueño americano”, advierte este veterano que ya ha desarrollado mucha habilidad para desprenderse de sus pertenencias cada vez que regresa de sus estancias laborales en el vecino país del norte, en buena medida, porque el olor a marihuana se impregna en todo y es imposible quitárselo.

Por lo pronto, Juan prepara su siguiente viaje de trabajo a California. En esta ocasión, planea un viaje de dos meses y el dinero que gane lo invertirá en proyectos personales de vuelta en México. “Ir cuatro meses es muy duro y este es mi último viaje”, asegura. “Eso creo, la verdad, aunque el año pasado dije lo mismo. Todos lo hacen”.

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