El costo de detener a Donald Trump

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por José Pablo Salas

Una estruendosa jauría se empeña en hacer callar
las preguntas, los matices, el murmullo de ojalás.
– Ismael Serrano

Retórica

Retórica/Shutterstock

Algunos dijeron que era un día triste para Estados Unidos y la democracia; otros, que se trató un acto anti-patriótico, un ataque contra el pueblo y sus instituciones. “Horrifying”, lo llamó Hillary Clinton. Si un despistado encendió su televisor en CNN justo tras el tercer y último debate rumbo a la presidencia de Estados Unidos, la impresión que se llevó fue que un nuevo 11 de septiembre había sucedido.

Nada de eso.

Lo que pasó fue que Trump dijo que no sabe si aceptará los resultados de la elección. Nada más.

El pánico moral en el que se sumieron los gringos es casi gracioso visto de este lado de la frontera; aunque dice más de nosotros, como mexicanos, que de ellos. Lo que en Estados Unidos ha sido, hasta ahora, una transición pacífica de poder, aquí son meses con el Jesús en la boca preguntándonos si el IFE (ahora INE) cumplirá con su tarea. En México hasta tuvimos un candidato que se proclamó “Presidente Legítimo” en pleno Zócalo. La desconfianza en nuestras instituciones es parte del hommo-mexicanus.

Sin embargo, me sorprende la sorpresa de los estadounidenses. Donald Trump lleva meses diciendo que todo está arreglado en su contra: los medios, el sistema electoral, los jueces federales y hasta el Partido Republicano. En un excelente artículo publicado en The Guardian, Jan-Werner Müller define a Trump como un populista y lo compara con el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, y con el líder de UKIP, Nigel Farage[1]. Los líderes populistas, dice Müller, creen que ellos representan al pueblo, así en abstracto. En el caso de Estados Unidos, el pueblo, la gente, son principalmente hombres blancos que no quieren perder su poder. Quien está en contra del líder populista es parte de la élite, de la burguesía que sólos se preocupa por sus intereses; es un anti-patriota que no tiene cabida en el nuevo orden. Y como Trump representa al pueblo – a los “verdaderos americanos” – es imposible que pierda la elección. Y si pierde, entonces debe ser porque las élites del poder operaron en su contra y por ende, en contra de la gente.

Como muchos otros, yo no creo que la elección esté arreglada. Creo que el 8 de noviembre, más gente votará por Hillary Clinton (aunque eso signifique poco en el sistema electoral estadounidense). Sin embargo, cabe preguntarnos acerca de la aplanadora mediática y política que se ha puesto en marcha para impedir que Trump llegue al poder.

Antes que nada, un disclaimer: aborrezco a Trump y lo que representa. Creo que es un peligro para Estados Unidos y el mundo y que, bajo ninguna circunstancia, debe acceder a la presidencia de su país. Sin embargo, su sola candidatura ya le ha hecho daño a la democracia, así que vale la pena preguntarnos por el costo que tiene detener a Donald Trump.

Empecemos por admitir que, al menos en Estados Unidos, la mayoría de los medios tienen una inclinación socialmente liberal. Por ejemplo, durante dos días mi feed de Facebook se inundó con la noticia de que la comediante Amy Schumer se había burlado de Trump y sus seguidores; todas las notas valoraban el hecho como algo positivo. Existen canales y blogs conservadores, sí, pero, por mucho que suene a teoría de conspiración, los principales medios estadounidenses tienden más a ser liberales. Es decir, impulsan una agenda de derechos para las minorías, igualdad de género y corrección política.

A mí, que comparto esta postura, me parece decente que así sea. Vivimos en un momento en el que la industria del entretenimiento está en auge y se está tratando de que represente mejor nuestra sociedad. Sin embargo, esta dominancia cultural también tiene consecuencias.

Estandarte del enojo social

Estandarte del enojo social

En una columna para The New York Times, Ross Douthat explica que mucha gente se siente asfixiada por el clima de corrección política en la industria mediática estadounidense y por tanto emitirá un voto en su contra estas elecciones. Este clima se nota, dice Douthat, en que a programas como Saturday Night Live o a los late shows se les ha exigido que tomen una postura anti-Trump todo el tiempo. Cualquiera que no trata a Trump como un monstruo, es tachado de blandengue. De nuevo, aunque concuerdo con esta postura, la democracia debería asegurar cierto balance de ideas.

Este balance es necesario porque, al final, los medios deberían ser un reflejo de nuestra sociedad ¿No nos sentimos desencantados cuando el establishment apoyó a Clinton en lugar de a Sanders? Algo similar ocurre en Inglaterra con el líder del partido laborista, Jeremy Corbyn. A pesar de ser apoyado por millones de ingleses, a los medios liberales les parece demasiado izquierdista, por tanto lo descalifican en cuanto hace, generando enojo en sus seguidores. Los medios, al final, siguen siendo empresas con intereses y dueños, y no es políticamente sano que la mayoría tenga una misma postura.

Ahora bien, es fácil descartar a la base electoral de Trump como personas racistas y estúpidas (quizá muchos lo sean), pero esta maniobra intelectual es demasiado fácil: cualquiera que esté a favor de Trump debe ser malvado. Esto no es necesariamente cierto. En su artículo “How Half Of America Lost Its F**king Mind”, David Wong dice que la verdadera división en Estados Unidos es el campo vs la ciudad. Al extranjero nos llega la visión citadina estadounidense: Nueva York, Chicago, Los Angeles, San Francisco, pero rara vez vemos un retrato digno de sus partes rurales, en los que la vida es dura y los sueños pocos. Una y otra vez vemos a los simpatizantes de Trump ridiculizados en videos de Buzzfeed y The Daily Show. Nos reímos, nos preocupamos, nos escandalizamos, ¿pero de verdad los vemos?

Estos personas existen y se cuentan por millones. El Partido Republicano y medios como Fox News han hecho un buen trabajo en hacer que esta gente sienta que el “sistema” los ha dejado fuera, que el hombre blanco del campo está ahora los que están en la periferia y que los políticos lo desprecian, porque en muchos casos así es. Trump es solamente una síntoma de una enfermedad social mucho más grande. Algo similar ocurre en México: los que nos preguntamos cómo alguien puede vender su voto por una despensa, es porque probablemente nunca hemos pasado hambre.

Las elecciones en Estados Unidos no están arregladas, pero hay un sistema político y mediático dominante, y hay mucha gente en su contra. Estas personas han encontrado en Trump un vocero para su enojo. No quiere decir que sus motivos o ideas sean correctos, pero es peligroso descartarlos sin más. Como dice Wong en su artículo, aunque no gane Trump, sus seguidores no se irán a ningún lado en los próximos años. Si continúan siendo ignorados por los políticos en Washington y los medios, el enojo social solamente se seguirá acumulando.

[1] Curiosamente, Enrique Peña Nieto, quien tanto advirtió contra el populismo en sus discursos, invitó al populista más mediático de la modernidad a Los Pinos.