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El trabajo, esa maldición de la que hay que liberarnos

  En 1969, al entonces joven escritor estadounidense Charles Bukowski, hoy conocido y reconocido hoy por su pluma pero también […]

 

En 1969, al entonces joven escritor estadounidense Charles Bukowski, hoy conocido y reconocido hoy por su pluma pero también por sus excesos etílicos, se le apareció un genio de la lámpara. Bueno, casi. En realidad se le apareció John Martin, publicista de la editorial Black Sparrow Press, pero lo que le ofreció sí era como de cuento: pagarle 100 dólares mensuales por el resto de su vida, a cambio de que renunciara a su trabajo como cartero y se convirtiera en escritor de tiempo completo. Bukowski aceptó, encantado, para unos años después publicar su novela Post Office. Y unos quince años más tarde, es decir, en 1986, le escribió una carta a su genio de la lámpara, John, en lo que constituye una auténtica diatriba contra el trabajo:

“[…] Dicen que es de 9 a 5, pero nunca es de 9 a 5. […] Ya conoces mi viejo dicho: ‘La esclavitud nunca fue abolida, sólo se amplió para incluir todos los colores’. Lo que duele es la pérdida constante de humanidad en aquellos que pelean para mantener trabajos que no quieren pero temen una alternativa peor. Pasa, simplemente, que las personas se vacían. Son cuerpos con mentes temerosas y obedientes. El color abandona sus ojos. La voz se afea. Y el cuerpo. El cabello. Las uñas. Los zapatos. Todo.

Cuando era joven no podía creer que la gente diera su vida a cambio de esas condiciones. Ahora que soy viejo sigo sin creerlo. ¿Por qué lo hacen? ¿Por sexo? ¿Por una televisión? ¿Por un automóvil a pagos fijos? ¿Por los niños? ¿Niños que harán justo las mismas cosas? […] A los esclavos nunca se les paga tanto como para que se liberen, sino apenas lo necesario para que sobrevivan y regresen a trabajar. Yo podía verlo. ¿Por qué ellos no? […] No haber desperdiciado por completo la vida parece ser un logro, al menos para mí.” (Traducción de Juan Pablo Carrilo Hernández).

Bukowski no ha sido, por supuesto, el único en ver el trabajo de esa manera. Aunque en la Biblia se dice que el castigo que Dios puso a Adán fue “ganar el panar con el sudor de su frente”, es decir, trabajando, a la mayor parte de nosotros nos lo presentan como una bendición que hay que agradecer. En la casa, la escuela y la universidad nos entrenan para ser empleados, porque formamos parte de una economía de mercado que demanda para su funcionamiento que todos sus miembros sean, al mismo tiempo, productores y consumidores. Pero hay otras posibilidades.

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Ese librito estupendo que se llama Contra el trabajo, publicado por Tumbona Ediciones en 2009, incluye varios textos sobre el tema desde Séneca (siglo I a.C.) hasta varios del siglo XX. Entre ellos destaca uno del filósofo galés y Nobel de Literatura en 1950, Bertrand Russell, quien en su Elogio de la holgazanería (1932) propuso que la jornada laboral se redujera a la mitad: “Quiero defender, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo está causando mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la properidad pasa por una reducción organizada del trabajo […] Cuatro horas de trabajo al día deberían dar derecho a un hombre a los artículos de primera necesidad y a las comodidades elementales en la vida, y el resto de su tiempo debería ser suyo […]”. Por desgracia su propuesta no prosperó, pero tampoco fue del todo ignorada. En 1953, según cuenta la escritora mexicana Vivian Abenshushan en Escritos para desocupados (SurPlus Ediciones, 2013), apareció en los muros de París una proclama que señalaba: “No trabaje nunca”. Aunque para algunos fue una broma, en realidad se trataba de una crítica del movimiento situacionista contra “el carácter insaciable de la economía de mercado, donde la productividad es esclavitud bajo la apariencia de una dicha pasajera”. Y también entre los anarquistas y la ultraizquierda hay sectores que se han opuesto por completo al trabajo.

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Hoy, en la mayor parte de los países la jornada laboral es brutalmente demandante y da lugar a situaciones como el síndrome karoshi, término japonés que según la Organización Mundial de la Salud se refiere a la “muerte por sobrecarga de trabajo”. El primer caso fue reportado en 1969: un empleado de un periódico, de apenas 28 años, sufrió un ataque al corazón luego de semanas de trabajar sin parar y casi sin dormir. Según la Organización Mundial del Trabajo, sólo en Japón el karoshi supone unas 10 mil muertes al año; en muchos casos, los trabajadores tienen horarios de 10 a 12 horas, sin días de descanso. Abenshushan cita una página de Internet dedicada a defender a las víctimas de este mal, en la que se expone el caso del señor Yagi, muerto a los 43 años. Trabajaba 14 horas diarias y cada día gastaba tres horas y media en ir y venir de la oficina. En su diario escribió: “Al menos los esclavos tenían tiempo para comer con sus familias”.

En contraposición, son tantos los que coinciden con Bukowski y Russell que han dado lugar a un movimiento a nivel mundial: los Freegans. Se trata de personas que aspiran al consumo cero, es decir, que boicotean de manera frontal el sistema económico. A partir de la cooperación, el reciclaje y la reparación de los objetos evitan al máximo comprar y así cuestionan principios contemporáneos como el materialismo, la competencia y la avaricia. Uno de los principios rectores de los Freegans tiene que ver con este tema. “Para muchos de nosotros, trabajar significa sacrificar nuestra libertad para recibir órdenes, sufrir estrés, aburrimiento y en muchos casos riesgos para nuestra salud mental y física”, señalan en su sitio web. Así, proponen suplir sus necesidades básicas de comida, vestido, habitación y transporte sin gastar, de modo que no se ven obligados a trabajar o, al menos, pueden reducir de manera drástica su dedicación al trabajo.

Por otro lado, la compañía inglesa The Idler (El haragán) se dedica, dice su sitio web, a “ayudar a la gente a vivir con sentido”. Fue iniciada en 1991 por un joven de 23 años que estaba harto de trabajar y quería defender el ocio. The Idler actualmente publica una revista trimestral además de tener varios libros y manejar una librería, ofrecer cursos y organizar eventos, todo con el principio rector de disfrutar la vida y tener mucho tiempo “para hacer absolutamente nada”.

Así, mientras la cultura del ocio gana adeptos y se levantan voces que defienden el derecho a disfrutar tiempo libre, no está de más recordar que la palabra española trabajo viene del latín tripalium, un instrumento de tortura que constaba de tres palos. Es decir, “ir a trabajar” literalmente significa ir a la tortura, según comenta el lingüista Antonio Alatorre en el libro Los 1001 años de la lengua española. ¿Algo que añadir?

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