Independizarte: ¿Misión imposible?

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Por Jimena Zárate

Los mexicanos son de los jóvenes latinoamericanos que más tardan en volar del nido. ¿Será cuestión de las malas condiciones laborales que los afectan o la preferencia de la comodidad por encima de la aventura?

 

Una mañana como cualquier otra, en medio de la lluvia, Laura sale de casa y enciende su coche para recorrer casi 50 kilómetros en hora y media para llegar a su trabajo. Ella es ingeniera en alimentos y da clases de microbiología y ciencias de los alimentos en dos universidades diferentes, mientras que por las tardes estudia la maestría en nutrición.

Con trabajo estable y posgrado en proceso, Laura está a poco tiempo de cumplir 28 años, vive en casa de sus padres y, por ahora, independizarse no está dentro de sus prioridades. “Quiero terminar la maestría y tener una economía más estable antes de intentarlo”, asegura. “Siento que independizarte es un paso que se debe de dar teniendo la seguridad de poder mantenerlo”.

Según un estudio de principios de 2016 hecho entre 1,700 jóvenes por el portal Inmuebles24.com, una plataforma especializada en venta y renta de propiedades, en México, 46% de los jóvenes entre 18 y 35 años consideran que la edad ideal para vivir solo es a partir de los 30 años de edad, mientras que un 35% cree que la edad ideal es entre los 25 y 30 años; el 15% cree que debe ser entre 20 y 25 años. Apenas 4% considera que debe ser antes de los 20 años.

A su vez, la Encuesta Nacional de Valores de la Juventud, hecha en 2010, indica que 74% de los jóvenes entre 15 y 29 años vive con ambos o alguno de sus padres, mientras que apenas 21% lo hace de forma independiente, ya sea solos o porque han formado una nueva familia.

Un dato importante que arrojó la encuesta de inmuebles24.com es que de independizarse, 38% de los jóvenes lo haría para formar una familia. En tanto que 35% lo haría por una razón práctica, como estar cerca de su lugar de estudio y/o trabajo, mientras que sólo el 27% lo haría para experimentar la independencia.

En conclusión, pareciera que el ánimo de perseguir la libertad y la aventura se ha ido extinguiendo en las nuevas generaciones.

 

El yugo económico
La globalización, los factores de la economía mundial y el desarrollo de tecnología han generado una nueva flexibilidad laboral que antes no existía. Es decir, las empresas no pueden proporcionar seguridad económica a sus empleados como antes ocurría, además de que las nuevas tecnologías han propiciado que cada vez más los jóvenes trabajen por su cuenta, siendo así más redituables para las empresas y dándoles un nuevo tipo de vida con flexibilidad de horarios y ciertas libertades, a cambio de un poder adquisitivo menos holgado.

Según Sandra Alarcón, doctora en Antropología y Economía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la tasa de personas contratadas por nómina sobre las personas contratadas por honorarios se ha invertido en la mayoría de las áreas laborales. Datos de la Oficina Internacional del Trabajo (OIT) muestran que sólo el 44% de los jóvenes que trabaja hoy en nuestro país cuenta con un empleo formal, mientras que el 66% de ellos no cuenta con prestaciones de ley. Por su parte, un informe sobre la informalidad del empleo juvenil de la misma organización, muestra que del año 2012 al 2013 sólo del 10% al 15% de los jóvenes mexicanos (entre 15 y 24 años) pudieron transitar de un empleo informal o por honorarios a uno formal o con prestaciones de ley. “Antes los jóvenes tenían la posibilidad de conseguir un trabajo estable que les proporcionaba la seguridad de tener un salario fijo suficiente para comprar o pagar una hipoteca de una casa o un departamento y prestaciones para cubrir sus gastos médicos y aspirar a recibir una jubilación”, explica la doctora Alarcón. “Hoy, la mayoría de las empresas no podría sobrevivir manteniendo a sus empleados de esta forma”.

Adriana es uno de los pocos ejemplos que aún quedan de ese modelo de empleo que ahora escasea. Mercadóloga por el Tec de Monterrey y gerente de Hematología en una importante farmacéutica, Adriana decidió salirse de casa de sus padres a los 26 años.

“Quería vivir sola, experimentar y demostrarme que podía hacerme cargo de mí misma, había ahorrado y mi trabajo era estable y me alcanzaba para mantenerme”, comenta Adriana, quien dio el enganche de un departamento y comenzó su aventura viviendo durante un año apenas con una cama, un refrigerador y una lavadora.

Sin embargo, historias como esta son cada vez menos. Según la Encuesta Nacional de Empleo y Ocupación en 2012 existían 28.9 millones de mexicanos en el sector informal, mientras que la misma encuesta elaborada en 2015 aseguraba los 30 millones de mexicanos con empleo informal, esto con un crecimiento anual del 4% respecto a 2014.

Tal es el caso de Ana María, diseñadora gráfica, que con 26 años, decidió dejar de trabajar en la agencia de publicidad donde era jefa de Social Media y decidió comenzar por su cuenta aún viviendo con sus padres.

“Ahora trabajo desde mi casa, al principio me dio un poco de miedo y es un poco más complicado porque tienes que ser muy disciplinada, pero estoy muy contenta”, afirma. “Gano casi tres veces lo que ganaba en la agencia; los clientes son míos y dispongo de mi tiempo y ayudo con los gastos de la casa. No tengo seguro ni prestaciones, pero en la agencia tampoco los tenía”.

 

El tamiz cultural
Según un estudio publicado por DadaRoom, una plataforma para encontrar personas con quien compartir departamentos en América Latina, los jóvenes que más rápido salen de casa de sus padres en la región son los brasileños, a los 25 años. Después, los colombianos y los chilenos quienes se independizan, en promedio, a los 27 años. Los mexicanos y argentinos, en tanto, comparten buscan su independencia hasta los 28 años, mientras que los peruanos tardan hasta los 29 años para independizarse.

En esta región del mundo, además del factor económico, también existe una importante variable cultural. Dentro del continente, ese grillete pesa mucho en la clase media de México y retrasa la salida del nido. Pero hay que entender el antecedente. La segunda mitad del siglo XX, cuando crecieron los padres de los jóvenes de hoy, estuvo marcada por eventos en donde la búsqueda de libertad era una constante: desde el movimiento hippie, los movimientos estudiantiles y hasta la caída del muro de Berlín en 1989. Todos eventos que de alguna manera fomentaban o propiciaban la emancipación porque  de entrada las sociedades y familias de esa época vivían con reglas mucho más rígidas. De tal suerte, los jóvenes del siglo pasado han intentado cambiar esa relación con sus hijos, volviéndose más permisivos y tolerantes.

“Antes los jóvenes salían de casa porque ahí no les era permitido cosas como, por ejemplo, llegar tarde o no llegar a dormir”, explica la doctora Alarcón. “Hoy, eso es permitido y para los jóvenes es mucho menos frustrante y más cómodo [permanecer viviendo en casa de sus padres]”.

Además, según la antropóloga, los jóvenes de hoy conciben el ideal de independencia y libertad de forma distinta a como se concebía hace treinta años. “La mayoría de los jóvenes menores de 30 años que no se animan a comenzar una vida independiente, colocan la capacidad económica como principal problema, ya que muchas veces esperan comenzar su independencia con el mismo nivel de comodidades que encuentran en casa de sus padres”, apunta.

Esto lo confirma Alonso, un joven de 26 años que luego de haber coordinado un medio de música electrónica en México, decidió montar su propia empresa de management para grupos y DJ’s de esta corriente. “Los sueldos de hoy no son suficientes para mantener el estilo de vida al que nos acostumbraron nuestros papás”, dice. “Queremos vivir con los lujos que se nos han dado, pero la realidad es que muy difícilmente un joven hoy puede apenas mantenerse”.

Por su parte, Miriam, una historiadora que decidió salirse de casa de sus padres a los 22 años afirma que independizarse es difícil. “Comienzas por comprar lo mínimo indispensable y siempre estás haciendo cuentas, esperando llegar a la quincena”, recuerda ahora que tiene 32 años. “Me parece lógico que no todos quieran hacerlo si cómodamente puedes llegar del trabajo y abrir un refri que tú no llenaste para sentarte en un sillón que tú no compraste a ver el Netflix, que tú no pagaste”.

 

¿Cuál es la clave?
Según la doctora Alarcón, el que un joven decida independizarse y vivir solo o no, tiene que ver mucho con las estrategias de sobrevivencia de cada uno y con las estructuras familiares que aprendieron. Así, por lo menos en los jóvenes mexicanos de clase media, la decisión entre independizarse o no está ligada, principalmente, como el mismo Alonso y Adriana lo apuntan, a sacrificar su comodidad en búsqueda de la aventura de valerse por sí mismos.

Aunque es verdad que las condiciones laborales de hoy son más precarias que las de épocas anteriores, en un entorno en donde  para la clase media es culturalmente aceptable que los hijos vivan en casa de sus padres con mayores libertades y sin limitar sus comodidades, como Miriam lo apunta, llegar del trabajo a abrir un refri que tú no llenaste, para sentarte en un sillón que tú no compraste para ver el Netflix que tú no pagaste, pareciera, en realidad, la mejor estrategia.

Sin embargo, ejemplos como el de Alonso apuntan a estrategias en donde no sólo es necesario perder comodidades en búsqueda de la independencia, sino a pensar en formas distintas al empleo tradicional, buscando más allá de las posibilidades laborales evidentes y atreviéndose también, por ejemplo, a emprender su propio negocio.

Al final, como ellos mismo afirman, una vez que se atreven, estos jóvenes reciben a cambio no sólo la satisfacción y la seguridad de saber que son capaces de salir adelante por ellos mismos, sino incluso las ganas de superar lo que lograron sus padres.