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La Cana: el proyecto que teje hilos de esperanza en la cárcel

Viktor Frankl, psiquiatra austriaco y prisionero en un campo de concentración, decía: “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo […]

Viktor Frankl, psiquiatra austriaco y prisionero en un campo de concentración, decía: “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección para decidir su propio camino”.

De acuerdo con su teoría — la logoterapia—, la motivación más fuerte del hombre es encontrarle sentido a su vida, por más adversa que ésta sea. Porque la última libertad es interna y, algunas veces, puede respirarse en lugares tan inesperados como en una cárcel.

El tiempo entre puntadas

—Trajimos más cabello para los peluches de las sirenas. Puedes usar estas lanas marrones, cremas o rosas —le dice una voluntaria del proyecto La Cana a Sofía, reclusa en el penal de Barrientos desde hace siete años. La también integrante del taller de tejido y bordado del penal abraza los nuevos tubos de lana con una gran sonrisa.

“Es como un patrimonio”, dice Sofía sobre los peluches que elabora cada semana para La Cana, el proyecto de reinserción social que busca que mujeres como ella no vuelvan a delinquir por necesidad, brindándoles una fuente de ingresos que les permita ser autosuficientes y, por qué no, darles un nuevo sentido a sus días.

“Más allá de tener un trabajo, este proyecto me hace sentir una persona útil. Ahora, cuando veo a mi familia no les hablo de prisión sino de cómo hago peluches hermosos”, nos dice. Su hogar está cercado, no sólo por barrotes de metal, sino también por miradas poco solemnes que recorren los pasillos. Mujeres y hombres marcan su territorio con firmeza.

Sin embargo, Sofía parece encontrar alivio entre osos de peluches. Acusada de homicidio calificado, Sofía se declara inocente. Desde hace un año, que empezó con el proyecto La Cana, es más que un número dentro de prisión. “Me dieron 55 años aquí. Pero yo trato de no mentalizar el tiempo. Eso te desgasta. Prefiero ocuparme que preocuparme”, agrega. Como Sofía, Mariela también forma parte de La Cana, como otra decena de reclusas. Fuera de prisión, hacía tacos de barbacoa los domingos, ahora elabora entre cuatro a cinco peluches, y recibe 1,200 pesos cada quincena.

“Con eso ya cubro mis gastos personales y soy un ejemplo para mis cuatro hijos”, asegura Mariela.

Ángeles sin alas

Daniela Ancira se interesó en el voluntariado social gracias a su abuela, quien trabajaba con internos en Muzquiz, Coahuila, elaborando canastas. La Cana surge de la experiencia de visitar, durante la escuela, el reclusorio de Barrientos en el Estado de México, donde Daniela junto a otras compañeras más coincidieron con la idea de que “el reclusorio no puede ser sinónimo de exclusión”.

Daniela, como Directora General, cuenta con un ensamble de voluntarias y socias. Raquel Aguirre, es la Presidenta de La Cana; Mercedes Becker se encarga de la dirección en el área de psicología y Wendy Balcázar es la Directora de Incidencia y Políticas Públicas (sociales).

Dos abogadas y una psicóloga — que también imparte talleres para el crecimiento personal de los internos e internas como el Taller de Sensibilización Artística, Psicoterapia del Arte y Autoestima— se aliaron con la maestra Macedonia Bardomiano para capacitar a las reclusas en diversas técnicas de tejido y bordado.

Macedonia Bardomiano, maestra de bordado.

Macedonia Bardomiano, maestra de bordado.

En el taller se les enseña a las internas desde lo más básico del tejido hasta a hacer sus propios diseños. Peluches de conejos, de osos, de la sirenita, tazas de la Bella y la Bestia o llaveros de Frida Kahlo, se venden en bazares y su página web. “Nosotros ponemos un precio de mano de obra del producto, dependiendo de las horas que se tardan en hacerlo; por ejemplo el conejo lo pagamos a 120 pesos”, nos cuenta Daniela. “De ese precio, le subimos el costo del material y lo multiplicamos por dos para la venta final. Es un 35 % para la interna, 15 % para el material y 50 % para la fundación”.

Esto es: pago al contador, gastos para inscripción a bazares, para quienes manejan sus redes sociales, transporte o gas, y costos de otros proyectos sociales en penales como el de Nezahualcóyotl Sur, en el Estado de México.

En estos reclusorios, La Cana ha hecho de su nombre un juego de letras que al pronunciarlas ya no suenan igual. La Cana o la cárcel es hoy, para muchas internas, sinónimo de una segunda oportunidad.

 

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