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La contingencia ambiental y el derecho a envenenarnos

Unos días antes del oasis de Semana Santa, en cuestión de horas, las redes sociales mexicanas se inundaron de protestas, […]

Unos días antes del oasis de Semana Santa, en cuestión de horas, las redes sociales mexicanas se inundaron de protestas, memes y bromas acerca las medidas tomadas por el gobierno de la Ciudad de México ante la contingencia ambiental de los últimos días. Los culpables de la contingencia: “Mancera y su nuevo reglamento de tránsito, la corrupción de los verificentros además de su dudosa recaudación millonaria, los intocables sindicatos de transporte público, la cuestionable eficiencia del programa Hoy No Circula, la falta de actualización del programa”. Tanto la medida extraordinaria que implicó la implementación indistinta del HNC, como el llamado de Peña Nieto a que los estados colindantes a la Ciudad de México adopten el HNC, fueron recibidos con molestia general e ironía.

A la desazón de la ciudadanía no le faltan razones; además del inconveniente, como señala Ernesto Carmona Gómez en su artículo Contingencia ambiental: crónica de un fracaso anunciado (http://horizontal.mx/contingencia-ambiental-cronica-de-un-fracaso-anunciado/ ) publicado en Horizontal.mx, la idea de que la contaminación disminuirá al restringir temporalmente la circulación de una mayor cantidad de automóviles, es cuestionable desde el momento en que los medios alternativos que la gente utiliza para desplazarse pueden ser incluso más contaminantes que sus propios automóviles (más del 70% opta por transporte público altamente contaminante o taxi, mientras que casi el 5% se las ingenia para conseguir otro auto). Tampoco se equivoca la ciudadanía al señalar la ineficiencia e insuficiencia de los medios de transporte público, o al quejarse de la brutal desproporción entre el desarrollo de vialidades para automóviles y las medidas para mejorar, mantener y crecer el sistema de transporte público.

La tarde del jueves 17 de marzo autoridades del gobierno federal y de la Ciudad de México anunciaron que se levantaba la contingencia a partir del viernes 18, y que dentro de 15 días la Comisión Ambiental de la Megalópolis habrá modificado el programa de contingencias. Por medio de su cuenta de Twitter, Miguel Ángel Mancera aprovechó para agradecer a “todas y todos” los ciudadanos por sus esfuerzos.

Cinco millones de autos en un valle

Cinco millones de autos en un valle

Que ellos se hagan cargo

Los habitantes de la Ciudad de México nos limpiamos el sudor de la frente y aliviados agradecimos el permiso que con ello nos otorga de continuar este ritual de complicidad conforme al cual nosotros esperamos—si bien con el escepticismo que nos caracteriza—que las autoridades se hagan cargo del asunto, y las autoridades actúan como si tuvieran nuestra salud y bienestar en su lista de prioridades.

Todo volverá donde antes y encontraremos otro tema del que quejarnos en Facebook. Mientras tanto, cruzaremos los dedos porque dentro de unos días, cuando el CAME emita su veredicto y anuncie las nuevas medidas, podamos seguir circulando.

Mientras que en ciudades como Seúl están demoliendo sus autopistas urbanas, en la Ciudad de México se han construido más de 40 kilómetros de vialidad para automóviles desde 2000. El fenómeno de “tráfico inducido” un axioma de la planificación urbana moderna (y algo que desde los años veinte ya se conocía), indica que la construcción de vialidades empeora la congestión en el mediano plazo al incentivar el uso del automóvil y extender los recorridos, además de que estas vialidades se saturan en unos cuantos años. Con el fin de justificar la construcción de los segundos niveles de Viaducto y Periférico en 2000, el FIMEVIC (http://www.fimevic.df.gob.mx/problemas/3todolo.htm) argumentó en su momento: “el fenómeno del tráfico inducido se identifica como uno de los principales problemas que se derivan de la ampliación de la capacidad vial en países norteamericanos como Estados Unidos y Canadá […], sin embargo, debe tenerse en cuenta que […] la “cultura del automóvil” y el poder adquisitivo de quienes habitan en estos países difieren sustancialmente con el caso de la ciudad de México”. Hoy, circulan el doble de autos en la Ciudad de México que hace 15 años: un total de 3.5 a 4 millones de automóviles.

Si bien esperar que las autoridades actúen de un modo distinto del que lo han hecho históricamente (poniendo intereses económicos y electorales por encima del bienestar de los ciudadanos) sería la locura según la definió Einstein, nadie nos ha obligado a comprar más automóviles. De eso por desgracia no le podemos echar la culpa a Mancera, un hombre hecho no obstante a imagen y semejanza de sus conciudadanos. ¿Cómo esperar que nuestros gobernantes se dejen de auto-otorgar contratos de vialidad multimillonarios a través de empresas “externas”, cuando nosotros mismos no estamos dispuestos a ceder, a cambiar, a salir de nuestra zona de confort, ni siquiera ante la perspectiva de la asfixia?

Las vistas cada vez menos comunes

Las vistas cada vez menos comunes

Los ajolotes de la queja

En nuestra condición de ajolotes en el sentido propuesto por Roger Bartra (http://www.letraslibres.com/revista/libros/la-mascara-del-axolote) , nos dedicamos a la Queja, algo que en las redes sociales puede llegar a confundirse incluso con activismo. Nos parece un insulto que nos “roben” un carril los bicicletos porque su mera existencia atenta contra nuestro derecho de morir de una enfermedad respiratoria siendo dueños y señores de la vía pública. Nos parece un agravio negarnos ese derecho, al obligarnos a dejar de circular un día por semana; de inmediato señalamos a otros, por ejemplo a los autobuses que echan humo hasta por las ventanillas y exclamamos: ¿Y ellos, qué? Nuestra solución a estas ofensas es comprar otro automóvil o sobornar a alguien del verificentro para obtener la calcomanía adecuada y así podernos envenenar ininterrumpidamente, como así a los que nos rodean. Todos estamos a 5 minutos o menos de alguien que usará la misma ruta que nosotros, pero sugerir que compartamos nuestro automóvil con esa persona o, peor, compartir el suyo, es más o menos inconcebible, además de un tremendo inconveniente logístico. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar para defender nuestro derecho a envenenarnos? ¿Acaso no nos parecemos ni tantito a nuestros gobernantes?

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