La democracia es un espejo (oscuro)

shutterstock_363744722

Compartir:

Por Rafael Carballo

La democracia es un sistema de gobierno con graves deficiencias y no es ningún secreto. Es, sin embargo, quizá la mejor manera de conseguir un gobierno más justo para la mayoría y capaz de reducir al máximo las posibles deficiencias. Lo cual, más que tranquilizar, nos debería inquietar.

El pie del que cojea la democracia ha hecho en toda la historia que el pueblo caiga en embustes, en engaños y ha sumergido a muchos países en crisis económicas y políticas.

El problema es que la democracia exige, para que sea de provecho y cabal, un electorado informado, con consciencia social, capacidad de empatía y participativo. En otras palabras, si la decisión queda en manos de la mayoría, entonces esa mayoría debe conocer sus opciones y escoger conforme a lo que represente mejor la visión de comunidad en la que quiere vivir. Es decir, tiene en sus manos mucha responsabilidad.

Este año ha habido algunos eventos que han puesto en evidencia a la democracia como sistema y que podrán traer graves consecuencias no sólo a los países directamente involucrados, sino para todo el mundo.

En junio pasado, se votó en la Gran Bretaña un referéndum mediante el cual el pueblo eligió que su país no formara más parte de la Unión Europea, lo que tendrá fuertes repercusiones económicas para los ingleses y para el mundo entero. Asimismo, ese mes, se realizaron en España las elecciones generales, donde resultó vencedor al Partido Popular, grupo conservador de derechas que ya ostentaba el poder y que poco podrá hacer para revertir la crisis en el país ibérico; y lo peor es que con la lucha partidista, meses después de las elecciones, España aún no tiene un gobierno formal. El caso español, además, se distingue en que la batalla es a nivel partidista y parlamentario y no directamente en el electorado, lo cual le da un sesgo distinto, aunque es también uno de los peligros que implica la democracia.

Sin embargo, el más impactante ejemplo de los peligros de la democracia, al menos para México, es la elección presidencial estadounidense donde pese a todas las previsiones medianamente sensatas daban la contienda perdida para el candidato presidencial Donald Trump y, aunque es muy probable que pierda, en cuanto a números de votos está muy cerca de su contendiente principal y ha polarizado al país (y al mundo) entero.

 

La nueva revolución inglesa
El Primer Ministro inglés, David Cameron, se vio obligado a realizar un plebiscito donde se le preguntaría a la población si querían permanecer o abandonar la Unión Europea, porque así lo prometió para ganar las elecciones debido a las presiones de su mismo partido y del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés), que defiende la salida de UE.

El UKIP había conseguido 13% de los votos en las últimas elecciones parlamentarias, lo que aunado a casi la mitad de los parlamentarios del Partido Conservador —incluidos cinco miembros del gobierno y el popular ex alcalde londinense, Boris Johnson—, junto con algunos parlamentarios laboristas, formó una coalición con mucho poder para impulsar el referendo.

Los defensores del llamado Brexit (la opción por salir de la unión) sostenían que la pertenencia a la UE era un obstáculo para el desarrollo del Reino Unido —que hace aportaciones económicas mayores a los beneficios inmediatos— y que las regulaciones europeas, que consideran excesivas, perjudican a las empresas británicas. Sin embargo, uno de los temas que más caló en el electorado fue el hecho que fuera de la UE, el Reino Unido recuperaría el completo control de sus fronteras y así se reduciría el número de extranjeros que llegan al país en busca de trabajo.

Esos dos grandes argumentos son los que provocaron que la opción por la salida del país tuviera muchos votos y al final resultara una votación muy cerrada a favor del Brexit (17.4 millones de votos a favor de la salida, contra 16.5 millones a favor de la permanencia, según datos de la BBC).

Lo llamativo fue, al final, corroborar que el electorado inglés carecía de la información necesaria para tomar tal decisión. Según las mediciones de búsquedas en Google en el Reino Unido, la principales búsquedas de los usuarios del buscador en aquel país en los días posteriores al referendo eran qué significaba el Brexit y qué era la Unión Europea. Y la pregunta obligada es: Si no sabían por qué votaban, ¿cómo decidieron marcar la boleta que llenaron?

La respuesta más convincente fue el miedo que propagó el partido nacionalista. Al explotar el miedo a que el país recibiera refugiados sirios o de otros países del Medio Oriente y el argumento de que el país será más rico solo detonaron la votación. Este fenómeno se llama, simplemente, demagogia. Es decir, apelar a los sentimientos fundamentales del electorado —no importa si es con información distorsionada o no— para conseguir su respaldo.

Lo interesante es que, a pesar de que el referendo no era vinculante para el gobierno (es decir, podían hacer caso omiso al resultado), Cameron, quien apoyaba la idea de permanecer en la UE, presentó su renuncia tras conocerse los resultados y el gobierno aceptó los resultados.

Ahora, habrá que esperar ya que romper los vínculos implica un proceso de un par de años para después ver cómo repercutirá este movimiento en los ciudadano británicos, en los europeos y luego en el mundo entero.

 

El triunfo del absurdo
Hace un año y medio nadie hubiese creído que la postulación de Donald Trump a la candidatura republicana a la presidencia de Estados Unidos era seria. Los analistas preveían su rotundo fracaso en las primarias y daban a alguien más centrado (como Ted Cruz) el beneficio del pronóstico. Sin embargo, lo único que ha ocurrido en estos meses es que el magnate inmobiliario y estrellita de televisión se ha fortalecido día con día, al grado de que en una batalla de voto por voto podría ganarle a Hillary Clinton, la candidata demócrata a la presidencia del país. Pero, ¿cómo ha podido ocurrir esto?

Donald Trump es un candidato a la presidencia que no ha querido develar sus pagos fiscales, que además ha alardeado de no pagar impuestos, ha usado dinero de su organización de caridad para cubrir sus gastos legales personales, se rehusó a rentar una propiedad suya a un inquilino negro (por esa razón), defraudó estudiantes con la Universidad Trump (patito, por supuesto), tiene más de una acusación de proveedores de servicio a los que no ha pagado, ha ofendido verbalmente a la familia de un héroe de guerra (además, republicano), ha hecho comentarios sexistas en más de una ocasión, incluso hay acusaciones de agresión sexual en su contra de 17 mujeres diferentes y podría ir a juicio por ello en los siguientes días. Por si esto fuera poco, no ha sido claro, ni remotamente, en cuanto a políticas públicas fundamentales que ha promovido como promesas de campaña que van desde una reforma fiscal con recortes para los más ricos, la prohibición de entrada al país de cualquier musulmán o la construcción de un muro en la frontera con México que podría costar billones de dólares e implicaría la expropiación de terrenos fronterizos que son propiedad de particulares.

Cómo es posible que una persona con este curriculum (eso sin mencionar que se jacta de ser un avezado empresario aunque ha declarado en bancarrota a cuatro empresas en su carrera) no sólo sea un candidato, sino que se encuentre tan cerca del triunfo. La respuesta es la misma: demagogia.

Además de que los oponentes de Trump, tanto en las primarias como en la presidencial, no han sido contundentes, el empresario ha sabido explotar el miedo y todas las debilidades de los conservadores y la gente con nivel educativo más bajo del país. Le ha prometido acabar con su pobreza a los blancos pobres del país, un grupo que se ha visto golpeado en la medida en que Estados Unidos se ha vuelto un sitio más justo y equitativo; además, ha propiciado un discurso racista, dándole a este grupo, que ha venido a menos, la imagen del culpable de todos sus males. En pocas palabras, Trump ha aprovechado el miedo y la ignorancia de un electorado que además se siente sofocado por su situación económica.

 

La ignorancia no es felicidad
De esta manera, dos países que podían antes jactarse de tener de las democracias más avanzadas del mundo, ahora son víctimas de lo mismo. Esta bomba molotov se alimenta, además de la precaria educación del pueblo y de la pobreza, de un mundo en que la sobreexposición a la información genera una abrumadora desinformación que provoca una ignorancia que aniquila las ventajas de la democracia.

Así, los grandes ganadores del sistema es ahora el populismo y la demagogia con la que se manipula a esa mayoría en la que recae la responsabilidad de escoger su gobierno.

Es posible que el Brexit se vea frenado por el parlamento en un futuro, que se modifiquen las cosas y es muy posible que mañana, 8 de noviembre de 2016, la presidencia de Estados Unidos se la lleve Hillary Clinton (la opción menos mala, ese placebo de la democracia). Sin embargo, el problema de base sigue ahí y la única manera de erradicarlo es extirpando la ignorancia de las masas; quizá la misión más difícil —si no imposible— de la humanidad.