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La historia del primer albergue para adultos mayores gay

Música, alcohol y el anhelo de libertad que despierta una fiesta de disfraces fueron los elementos necesarios para que el cuerpo de un hombre de 32 años de Orizaba (Veracruz) floreciera en mujer.

Música, alcohol y el anhelo de libertad que despierta una fiesta de disfraces fueron los elementos necesarios para que el cuerpo de un hombre de 32 años de Orizaba (Veracruz) floreciera en mujer. Allá en 1964. O, más bien, en Samantha Flores. Hoy, un transgénero de 85 años que soportó el peso de una época aún más hostil e incómoda que ésta.

“Imagínate en una ciudad como Orizaba en los años 40: era un pueblo mugroso, católico y borracho. En cada esquina había una cantina y, junto a ella, un templo. Yo quería ser invisible”, cuenta Samantha, quien ya a los 13 años llamaba la atención por su carácter afeminado, en medio de una rígida formación a cargo de un padre obrero.

Flores, una ex relacionista pública de teatros y antros gays, vivió mucho tiempo en el clóset; sin embargo, al ver cómo amigos sufrían de homofobia y olvido por parte de la sociedad empezó a luchar por los derechos de la comunidad LGBT + y las personas que viven con VIH. A partir de 2012, asumió la Presidencia de la Asociación Civil Laetus Vitae, ahora dedicada a lograr su más grande sueño: el primer albergue gratuito para el adulto mayor gay en México y el mundo.

Antídoto contra la soledad

“Mis amigos de más de 70 años están en buenas condiciones económicas, pero se sienten solos. Cada día somos más los olvidados y rechazados”, confiesa Samantha Flores en medio de un país que se posiciona en el segundo lugar mundial en crímenes por homofobia, según un estudio realizado por la organización civil Letra S.

El objetivo de Samantha es recaudar fondos para poner en marcha el albergue y hacer que este grupo vulnerable brille de nuevo, en una comunidad que le otorgue una mejor calidad de vida. Para ello, el presupuesto destinado a la campaña es de 400 mil pesos, dinero que será utilizado para pagar la renta de un año, la alimentación, la capacitación laboral y la asistencia médica básica, para después replicar el proyecto en otros estados.

“El asilo será para ocho o 10 adultos mayores gays”, aclara Samantha, quien hasta la fecha ha recaudado casi 60 mil pesos. Para ella, crear una casa hogar no es sinónimo de segregación. Más bien, “es un espacio para que el adulto mayor gay se sienta cómodo”. Agrega: “Muchos vuelven al clóset con tal de no ser mal vistos en otros sectores”.

Un ejemplo: durante la búsqueda de la casa hogar, Samantha tuvo que convivir con la homofobia de muchas colonias en la ciudad que no aceptaban el proyecto por miedo a perder crédito entre sus vecinos. “Ojalá que ahora se den cuenta de que existimos y que tenemos necesidades”, piensa Samantha en voz alta.

 

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