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La huella económica de la cultura jípster

En una economía de libre mercado la legislación imperante, como sabemos, es la oferta y demanda. Esta ley, como todas, […]

En una economía de libre mercado la legislación imperante, como sabemos, es la oferta y demanda. Esta ley, como todas, se puede manipular, por ejemplo, ofreciendo subsidios o limitando los precios, pero no vamos a entrar en esos temas más complejos. A nivel más mundano, los precios en la calle, digamos, suelen regirse por esta ley y es tan precisa que sirve, además, como una representación de las costumbres, gustos y aversiones de los consumidores.

Así, las personas y sus gustos van modificando los precios de los bienes. Un ejemplo claro y básico es el aumento del precio del pescado durante la cuaresma. Por supuesto, esta relación sólo tiene efecto en un país católicos, religión que conmina a sus feligreses a guardar ayuno, y particularmente en México, donde la costumbre indica que uno debe dejar de comer carne roja (qué le hacemos, muchas veces las tradiciones son irracionales).

En el mundo, ha surgido en los últimos años una tribu urbana con características particulares, cuyos gustos y costumbres han marcado la ley de la oferta y demanda en las zonas donde se congregan. Los jipsters y sus gustos particulares han modificado diferentes industrias que ahora gozan opulencia cuando antes permanecían casi en el anonimato. Aquí, presentamos una pequeña lista de estas actividades cuyo precio se ha visto afectado por demanda de este grupo social que, además, goza del poder adquisitivo suficiente como para ello.

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  1. De la peluquería a la barber shop.
    El ahora llamado grooming no es una práctica nueva (sólo el nombre lo es). Desde siempre uno habría podido entrar en una peluquería y pedirle al peluquero que le recortara la barba. En los años 90 y principios de siglo, una buena rasurada o recorte de barba, habría costado no más de 70 pesos. Sin embargo, con la moda de traer la barba de leñador, este viejo oficio se ha vigorizado. Ahora, por lo mismo que antes uno no pagaba más 70 pesos, ahora puede pagar hasta 300 pesos. Más de 400% de incremento.
  1. De la fonda a la gastrofonda.
    Desde siempre, también, existen las fondas como una opción para comer comida casera cerca del trabajo. La oferta de estos restaurantes es básica: un menú corrido con diversas opciones. Sopa, arroz y plato fuerte, más agua y, a veces, postre. Una comida completa por un precio módico. El precio varía en diferentes partes de la ciudad, pero uno puede encontrar buenas comidas corridas por entre 40 y 70 pesos (sí, hay comidas corridas más baratas que eso, pero manejamos un cierto nivel de calidad). La versión jípster de estos restaurantes han adquirido el nombre de gastrofondas. La oferta es similar, aunque suelen darles nombres más sofisticados a sus platillos (y sí, a veces es comida un poco más elaborada) y sirven igualmente tres tiempos y un postre. La diferencia es las gastrofondas pueden cobrar por la comida entre 100 y 150 pesos. En promedio, el doble de caro.
  1. De los jugos de la esquina al organic juice.
    En muchas esquinas de esta ciudad uno puede encontrar puestos de lámina donde comprar un buen jugo, un licuado de fruta y esas cosas. Los precios son muy accesibles. Un jugo de naranja grande por 15 pesos (aún en las mismas colonias jípsters). A cuadra y media del puesto de jugos de lámina, en territorio jípster, uno puede toparse con una juguería de barrio en donde el jugo grande podrá llegar hasta los 50 pesos. Más de 300% de incremento.
  1. Del tianguis al mercado gourmet.
    Es muy común, lo mismo en un tianguis esquinero o en un mercado, encontrar taquería baratas. Uno puede comer unos tres tacos por 20 pesos en un mercado o tianguis tradicional. Sin embargo, en territorio jípster han proliferado los mercados gourmet (el Roma, Milán, Moliere, entre otros). Aquí, uno puede comer un taco por 50 pesos (Tacos Wagyu, en Mercado Roma, por ejemplo). La diferencia de precios es abismal. Casi diez veces más caro.

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Le gentrificación
El efecto económico de esta nueva tribu urbana ha impulsado las mencionadas industrias, lo que genera empleos y mayor riqueza en todos. Es, en realidad, un efecto económico bueno para todos (si tienen para pagar estos sobreprecios, claro).

Asimismo, este grupo social ha generado un fenómeno conocido como gentrificación, un proceso de transformación urbana mediante el arribo de gente en barrios deteriorados o paupérrimos que generan nuevo valor inmobiliario e inversión. En la Ciudad de México esta gentrificación se inició en la colonia Roma, un barrio que quedó dañado después del terremoto de 1985 y que fue paulatinamente abandonado por sus pobladores. Menos de 20 años después de la catástrofe, comenzó la gentrificación y ahora se ha vuelto a colocar esta colonia como una de las más caras para vivir y es hogar de infinidad de barber shops, gastrofondas, juguerías o mercados gourmet.

Asimismo, la revitalización se ha extendido a las colonias San Rafael, Juárez, Santa María la Ribera, Doctores, entre otras. La gentrificación es una manera de que una ciudad tan grande como esta pueda nutrisre, reinventarse y mantenerse atractiva. Así que, a final de cuentas, esta huella económica es algo que agradecer a los jípsters. De cualquier manera, uno puede buscar peluquerías, fondas, tianguis y juguerías en cualquier otra parte de la ciudad y pagar módicas cantidades por los mismos servicios, si así lo desea.

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