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La tarde más vergonzosa

El presidente Enrique Peña Nieto tenía una sola, minúscula oportunidad en una reunión -sorpresiva, inesperada e inoportuna- de la que […]

El presidente Enrique Peña Nieto tenía una sola, minúscula oportunidad en una reunión -sorpresiva, inesperada e inoportuna- de la que no se anticipaba ningún desenlace positivo para México.

Fiel a sí mismo, Peña Nieto la dejó pasar. Ya no pongamos el dedo en la llaga del profundo desacierto que supone invitar a un tirano -apenas candidato, difícilmente presidente- que ha proferido todos los posibles insultos y ofensas al pueblo mexicano. Por donde se le vea, es un error histórico. Como bien lo apuntó el historiador Enrique Krauze en The New York Times, “a los tiranos hay que confrontarlos, no apaciguarlos”.

Pero a Trump no sólo no se le confrontó; ni siquiera se le apaciguó. Vino, vio, venció y se retiró. Seguro lanzó varias carcajadas en el avión de vuelta a su país. Porque aquí se encontró con un jefe de Estado pusilánime. “Discutimos el muro, sí -respondió Trump a una pregunta de la prensa-, pero no entramos al detalle de quién lo va a pagar. Eso vendrá después”. Con la voz quebrada, lejísimos de la firmeza y la contundencia con que el inquilino de Los Pinos debió atajar a quien ha agraviado tanto a los ciudadanos mexicanos (los de aquí y los que huyeron por falta de oportunidades), apenas balbuceó algunas diferencias, insistió en que su gobierno invitó a ambos candidatos, pero recalcó las convergencias y la posibilidad de generar acuerdos. Y no, no son gajes de los protocolos de la diplomacia internacional: es la palabrería del desdén hacia quiénes dice representar y el sometimiento y la abyección ante el muy declarado enemigo público de México.

Vuelvo a imaginar al payaso naranja de copete blanco riendo a carcajadas en su vuelo de regreso. Pasamos de violadores y delincuentes a violados y sometidos. Tarde de agravio y de vergüenza nacional. Tristísimo reflejo de la estrechez de miras de un gobernante que ha confirmado por qué tiene un grado de aprobación menor al 30% entre la población y al 20% entre líderes de opinión. Dura manifestación que nos confirma que lo que sospechábamos y sentíamos es algo muy real: estamos solos. Agraviados, avergonzados y profundamente solos.

 

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