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Los millennials no existen

Cenamos en un restaurante en una ciudad extraña, en uno de esos viajes idílicos a los que algunas marcas invitan […]

Cenamos en un restaurante en una ciudad extraña, en uno de esos viajes idílicos a los que algunas marcas invitan a algunos periodistas como nosotros (que no somos periodistas de los que le sacan trapitos al sol a los políticos impresentables de siempre, ni periodistas de los que viven en una comunidad indígena durante meses para averiguar quién se roba su agua, sino una especie de periodistas que pasan el tiempo entre hoteles de lujo y eventos de lujo, reportando lo que en el medio se conoce como “estilo de vida”). Estamos en ese restaurante, comiendo y bebiendo, descifrando el idioma extraño de la mesera: cuatro menores de 35 años, tres mayores de 40 y un mayor de 55. En algún punto de la noche, quién sabe cómo, entre copa y copa, aflora una conversación que últimamente es demasiado frecuente: alguien, acaso a modo de broma, pronuncia juntas las palabras “pinches millennials”. Tiene que ser alguno de los mayores de 40, porque los demás somos primordialmente millennials, o lo que entendemos nosotros como millennials, o lo que ellos, los mayores, entienden como millennials: no sólo somos menores de 35, sino que dos somos freelance (esa extraña especie que, dicen los gerentes de ciertas empresas, rondan por las noches en los basureros de los grandes corporativos de Santa Fe), y otras dos son editoras de medios reconocidos: o sea, el 50% de los millennials de esta noche somos chavitos con playeritas chistosas, incapaces de encontrar un trabajo de verdad o de asumir las responsabilidades de La Vida; el otro 50% es gente que, sencillamente, lo ha tenido todo demasiado fácil. Al menos así nos lo hacen ver los mayores durante tres cuartos de hora. El mayor de 55 asegura que a él le tocó trabajar de todo, que empezó como el plancton encargado de llevar cafés a las salas de juntas y que poco a poco fue “picando piedra” hasta hacerse de su propia revista (presiento que el otro freelance quiere aclarar que básicamente un freelance es justo eso pero sin carril). Cuando uno de nosotros arroja la letanía inevitable de estas discusiones (“el mundo es distinto”; “el futuro ya no es una garantía”, etcétera), alguno de los mayores de 40 detiene de zopetón la refriega verbal y, observando la capa fina de su copa de vino, zanja: “por favor nomás no vayan a arruinar lo que nosotros hemos construido con tanto trabajo”. Y, tras comprobar la compleja nariz de su vino, da un sorbo, acabando la discusión.

 

Yo sé: el párrafo anterior, demasiado largo y demasiado receloso, pareciera la defensa de una generación (o, peor: de una palabra) de la que se habla demasiado desde hace un par de años. Casi siempre, para ser honestos, sin muchos argumentos. Después de todo: ¿qué demonios es un millennial? ¿Qué es, mejor dicho, un “pinche millennial”? Puede ser muchas cosas, pero ante todo los millennials no existen. Vaya: existen (están respirando en algún lado), pero no como dicen que existen. O existían, pero ya no. O nunca existieron, y esto no es más que una enorme y muy conveniente confusión de palabras (o, peor: de generaciones).

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  1. Avistar a la presa

 

Para demostrar la no-existencia de los millennials, antes hay que definirlos; para ello, hay que observarlos primero, nadando en ese enorme mar de smartphones y déficit de atención al que ellos llaman hábitat.

 

La mayoría de la gente conoció el término “millennial” igual que el Sr. X: era una tarde de mierda en un lunes de mierda en un trabajo de mierda, cuando el jefe (de mierda) le delegó al Sr. X una tarea de mierda. Enfadado, el Sr. X se aplatanó en su cubículo y empezó a chapurrar el teclado sobre el excel, cuando vio que, del cubículo de junto, se levantó la Srita. Y, quien se despidió prístina y huyó de la oficina, abanicando la mano abierta hacia el jefe de mierda, que hasta le sonrió. Esta misma escena se repitió diez, doce, treinta veces, hasta que el Sr. X empezó a odiar sólidamente a la Srita. Y por una razón comprensible: a ella no le tocaba lidiar con la mierda. Así se lo recordaba él al espejo ancho del baño público del piso 4 todos los días. Lo que el Sr. X no contemplaba en aquellos momentos de ira era que la Srita. Y era becaria de la empresa, y como tal tenía derecho de salir temprano. El Sr. X nunca tuvo oportunidad de considerar eso, puesto que a los pocos meses, la Srita. Y dejó de laborar en la empresa, y puso su propia agencia: empezó a trabajar de freelance. “¡Habrase visto!”, pensaba con odio genuino el Sr. X, “¡esta escuincla babosa es una holgazana!”. El Sr. X, entre las tareas de mierda que le asignaba el jefe de mierda, las interminables horas en el cubículo y la frustración de la ruta laboral que le había tocado soportar desde siempre (aguantar jornadas de mierda ad mierdam), no vio lo que sucedía detrás: la empresa, que llevaba ya varios años recortando gastos porque #SiempreEstaMalditaCrisis, no tuvo una plaza para la Srita. Y, quien tuvo que dejar el cubículo de los becarios y, a falta de una mejor opción laboral, empezó a trabajar por la libre. Oh no: el Sr. X no vio eso, pero sí vio, alguna tarde, aquel artículo de Time que aseguraba que los millennials son la Me Generation: narcisistas, egoístas, holgazanes. El Sr. X decidió que eso: que la Srita. Y no es más que una pinche millennial, igual que todos esos comodinos pinches millennials que no quieren trabajar y lo tienen todo tan fácil, etcétera.

 

La mayoría de la gente ha llegado a la palabra “millennial” así: utilizándola para definir no a una generación de personas, sino a quienes tienen ciertas características que consideran ¿demasiado liberales?, ¿demasiado laxas?, ¿insultantes?, ¿pretenciosas?, ¿insuficientes? Yo no lo sé. Lo que sé es que he visto a demasiados millennials quejándose de lo millennial que son otras personas, asegurando siempre que los millennials no son ellos, son los otros. Lo cual, supongo, es muy millennial.

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  1. ¿Entonces qué demonios significa?

 

Vamos a la Wikipedia: los millennials son (somos) una generación. Nacimos entre 1982 y el 2000 (según las fuentes más referidas, que no son necesariamente las más sólidas). Léase bien: millennial es una palabra que delimita a una generación, no un adjetivo o un sinónimo de “bueno para nada”, “incontingente”, “rebelde sin causa” o similares.

 

Casi siempre la generación millennial se define así: llegó a la mayoría de edad en los años próximos al cambio de milenio (de allí el nombre). Es la última generación que recuerda la vida sin internet (más o menos), y por tanto aprecia la conectividad de un modo especial, casi como una bandera. Esa conectividad les permite comunicarse con gente de todos lados, sin que el territorio físico sea en realidad una barrera, de modo que se sienten un poco ciudadanos del mundo. Por tanto, sus visiones políticas y sociales tienden a ser liberales y un poco pedantes (sí al matrimonio de parejas del mismo sexo, sí al aborto, no a la religión, etcétera; no a los gobiernos que, entre otras cosas, llevaron al mundo a recrudecer conflictos), y el trabajo y su inserción en la economía son en realidad el eje de su forma de ser: han vivido en crisis durante buena parte de sus años productivos, desde 2008, de modo que no quieren depender de los modelos tradicionales de trabajo: la estabilidad que antes podía más o menos asegurarse con un puesto en una empresa se vuelve un albur cuando la economía global es frágil, de modo que se vuelve más rentable y más exitoso hacer de la satisfacción actual una definición del éxito. Además, el ataque a las Torres Gemelas les demostró que el mundo es caótico y en cualquier momento los grandes pilares pueden caer. No en vano, ese evento es el turning de esta generación.

 

  1. ¿El qué?

 

¡Ah! Claro. Es que para explicar a detalle qué son los millennials, tenemos que hablar de otra cosa. Más o menos.

 

Primero hay que hablar de William Strauss: historiador, escritor, dramaturgo. Se hizo más o menos célebre cuando montaba obras satíricas frente a senadores estadounidenses, carrera que abandonó a mediados de los ochenta, para hacerse ahora sí de verdad famoso tras publicar un libro sobre los efectos de la Guerra de Vietnam en su generación. En esa época, empezó a escribir un libro con Neil Howe, historiador, economista, sociólogo. El libro se llamó Generations, y fue publicado en 1991, provocando enorme curiosidad no tanto en la academia, sino entre el público general. ¿Por qué?

 

Bueno, pues porque Strauss y Howe descubrieron, allá en 1991, que las generaciones funcionan como un tiovivo, o como una rueda de la fortuna, o como un reloj de engranes inflalibles, o como uno de esos juguetitos que armaban con sus mecanos niños de otra generación que no es la millennial (“¡y que sí usaba juguetes de verdad, no como ustedes que no saben sino estar con sus nintendos!”, dirían los adultos de otra generación que no es la millennial).

 

La “máquina generacional” de Strauss y Howe funciona, grosso modo, así:

 

  1. a) Podemos redondear la longitud de una vida humana en 80 años. Sabemos que eso no es del todo cierto, pero hagámoslo así, porque Strauss y Howe así lo hacen.

 

  1. b) Sigamos redondeando: si una vida humana dura 80 años, es matemáticamente elegante dividir cada vida humana en cuatro períodos de 20 años cada uno. Llamémoslos así: niñez, adultez, madurez y vejez.

 

  1. c) Por pura lógica elemental (o porque seguimos redondeando, da igual), en cada uno de esos períodos de 20 años habrá al menos un evento social que cambie el rumbo de las cosas; esos eventos impactarán de manera distinta a nuestro redondeado ser humano dependiendo del período en el que se encuentre.

 

  1. d) Tras leer muchísimos libros de historia, seguramente de alta elegancia matemática, Strauss y Howe decidieron que que esos eventos sociales no sólo ocurren como en una rueda (otra más), sino que esos eventos, que son los turnings de los que hablábamos hace algunas líneas, tienen un ritmo de alta precisión, que ultimadamente constituye nada menos que en gran teatro de la historia: primero viene una crisis, que rompe instituciones establecidas; luego viene un “high”, que establece nuevas instituciones; luego un “despertar”, que las cuestiona; finalmente un “unraveling”, que empieza a desmoronarlas; después otra crisis, que rompe las instituciones, y luego otro high y luego otro despertar, etcétera. Estos periodos sociales duran (¡sorpresa!) 20 años cada uno.

 

  1. e) Estos turnings pueden cruzarse con los cuatro períodos de una vida humana. Por poner un ejemplo, hablemos de cómo la caída de ciertas torres neoyorquinas impactó a la Srita. Y. y a su papá, Don Boomer, Baby Boomer, que nació a mediados de los años cincuenta y a los 30 tuvo a Srita. Y. La caída de estas torres ocurre cuando Srita. Y tiene 15 años; para ella se vuelve determinante a la hora de entender el mundo, pero para Don Boomer es un evento de madurez (él tiene 45 años: la caída de las torres le parecerá impactante, sí, pero no determinará su entendimiento del mundo, como sí lo hizo quizá la crisis petrolera de principios de los setenta, evento que le enseñó lo que todos los de su generación saben: la estabilidad es el mejor camino). A todas las generaciones les toca siempre un período de crisis, un high, un despertar y un unraveling, pero en diferentes momentos de la vida.

 

  1. f) De modo que (si es usted un fanático de cierto tipo de series de TV, ya lo habrá adivinado), así como el ciclo de turnings es perfectamente dramático siempre, las generaciones se vuelven también teatrales: una generación Profeta (idealista, nacida al inicio de un “high”) es sucedida por una generación Nómada (reactiva, depresiva, nacida en un despertar), que es sucedida por una generación Héroe (cívica, cuya niñez transcurre en una crisis), después de la cual viene una generación Artista (pragmática y flexible, cuya niñez ocurre en un unraveling). Después viene otro ciclo y luego otro más. Así al menos, dicen Strauss y Howe, por los últimos 500 años en el mundo anglosajón.

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  1. ¿Eso qué demonios tiene que ver con los millennials?

 

Es 1987. Strauss y Howe terminan la que será la primera versión de su libro. Por aquel entonces, el flavor of the week empieza a ser una generación insportablemente depresiva, que se hace a un lado (con toda seguridad los llamaban holgazanes y lameloides), que no existe: la generación X, que pronto se volverá incluso una impronta estética. Más allá de lo que una generación individualista y triste (o eso decían de ella los mayores) representa para la sociedad estadounidense en aquel momento, para Strauss y Howe debe haber sido casi emocionante: esa generación cuadraba perfecto con su máquina. Habían dado en el clavo con la generación de adolescentes que todavía no sucedía del todo: un estereotipo de generación Nómada, que venía después de una generación perfectamente Profeta: esos hippies baby boomers. Así que Strauss y Howe se aventuraron a decir cómo sería la siguiente generación.

 

Tendría que ser cívica: llegaría a la mayoría de edad en los años próximos al cambio de milenio, tendría acceso universal a computadoras y a otras tecnologías, y por tanto serían, con toda seguridad, liberales. Muy probablemente les tocaría una crisis económica (un latigazo después de la bonanza tras la caída del bloque soviético) que los haría tomar nuevos rumbos económicos. Allá en 1987, Strauss y Howe llamaron a esa generación Millennial y definieron, por pura cuadratura dramática, las características de una generación.

 

De una generación que todavía no acababa de nacer.

 

Para ser justos con Strauss y Howe, no fueron los únicos que por esos días estaban en el mismo tren de definir a esta generación. Desde Pepsi y su publicidad de Generation Next hasta la (muy poco creativa) Generation Y, que fue el término “oficial” hasta que se popularizó la palabra millennial, pasando por la generación Flux (nombre utilizado por la revista Fast Company, refiriéndose a la generación que cambia una y otra vez de trabajo debido a las condiciones laborales después de la crisis), los New Boomers, la We Generation, la generación Peter Pan (así llamada por la socióloga Kathleen Shaputis por “nunca hacer los ritos de paso hacia la adultez”… una adultez definida sólo de cierto modo y sólo por ciertas personas). Mi generación ha sido definida mientras sucede; no es la primera a la que le ocurre (hola, amigos de la generación X que leen esto y piensan “bah, otro millennial llorando”), no será la última (la generación Z, también llamada “Homeland Generation” por Strauss y Howe, ya tiene su propia cajita). Pero vale la pena detenernos a ver qué implica esta definición para una generación que es como es desde antes de ser.

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  1. Los millennials no existen

 

Este párrafo sí intentará ser vindicativo: nací en 1982, lo cual me vuelve millennial de primera cosecha; millennial viejo, pues. Muchos amigos de mi edad, o incluso más chicos, reniegan de ser millennials. Justificaciones hay de todas: “es que sí, nací en el 84, pero el grunge me gusta más que Justin Bieber”; “¡¿me estás diciendo huevón?!”; “yo no puedo ser millennial: yo sí tengo trabajo”; etcétera. A nadie le gusta ser millennial por dos sencillas razones. Primera: ninguno de nosotros es del todo lo que se dice de nosotros. Sí, hay muchos que fueron hijos únicos y siguen comportándose como tales, pero también hay muchos cuarentones que siguen portándose como si tuvieran 20; sí, muchos freelanceamos, pero lo cierto es que en nuestro entorno, hacerlo es más rentable (léase: más estable) que esperar años a que la pirámide alimenticia de la empresa nos permita escalar. Cada día aparecen más y más y más notas por todos lados definiendo a los millennials (nota mental: cambiar el nombre a esta nota; renombrarla así: “Este no es otro estúpido artículo sobre millennials”), como si todo lo que necesitamos saber de nosotros mismos fuera una etiqueta.

 

Etiqueta que, por cierto, es muy rentable. Haga, querido lector, una veloz búsqueda en google: “cómo venderle a los millennials”. Boom: cursos, tutoriales, videos, pláticas, tips. Todo mundo está hablando de y a los millennials; todo mundo habla de esta generación como si fuera una amenaza, una vergüenza, una esperanza, una curiosidad.

 

Segunda razón por la que nadie quiere ser millennial: a nadie le gusta vivir en un zoológico.

 

Más que una generación, somos un target; además, el target que justo ahora genera las ventas más jugosas. La mercadotecnia nos recuerda todo el tiempo que somos o podemos ser:

 

– DINKs: double income no kids. La mayoría de los que vivimos en pareja somos eso, de modo que en vez de ahorrar para escuelas y cuidar el dinero para pañales, gastamos en roombas y en go pros y en café caro y en gastrofondas. En realidad, no somos más que lo que todas las generaciones han sido antes de hacer una familia (la diferencia es que, bueno, muchos de nosotros no queremos familia).

– Hipsters: Decimos emular a los chicos de suburbio que allá en la época del jazz sacaba la estética de los speak easy a las calles (lo cual era hasta racista, pero eso es otro tema); en realidad, esta ¿tribu urbana? (no estoy seguro de que se le pueda llamar así a un fenómeno social que sucede en todo el mundo) es un ejemplo redondo de que la mercadotecnia puede abarcarlo todo: si bajo la estética hipster nos pueden vender muebles viejos y playeras rotas a precio de boutique de la 5a Avenida, todo es posible.

– Normcore: La parte “filosófica” es un poco la contraparte de lo hipster (aunque sea una subtribu de aquella tribu global): no tratar de emular de manera teatral estéticas del pasado, sino utilizar productos de marcas actuales, aunque sean feos y “normales”. Vestimentas tipo Seinfeld o Steve Jobs son parte de esta estética que demuestra que incluso los productos hechos para venderse pueden venderse con la mercadotecnia adecuada.

– Pansexuales. ¿Para qué tirarte a la mitad del mundo si te puedes tirar a la especie entera y en el ínter pagar más cenas, ir a más fiestas donde beberás más alcohol, comprar más condones…?

– Andróginos. Toda la moda a tu disposición; todas las marcas son para ti. Y recuerda que “exprésate” es, a veces, otra manera de decir “sí, puedes comprar esto también”.

– Y un largo etcétera.

 

Habrá quien diga que exagero (“estos pinches millennials no paran de llorar NUNCA”). Que sí, que somos una generación que ha tenido un montón de beneficios (lo somos); que otras generaciones la tuvieron más difícil (en algunos casos es cierto). Lo que creo es que no podemos juzgar como generación a un grupo de gente que desde el principio fue definido como un focus group. En ese caso habría que decir que tampoco es válido colgarse milagritos, como lo hiciera en aquel restaurante aquel personaje que nos rogó no destrozar “su legado”, como si él hubiera trabajado codo a codo con Wozniak o con Mandela.

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  1. Úlimas consideraciones

 

Hablando de milagritos: para acabar de definir a los millennials y su no-existencia, van algunos puntos finales:

 

– Strauss y Howe, igual que casi todos los estudios que tocan a los millennials, hablan de los nacidos entre 1982 y 2000… en los países del Primer Mundo (cuando no solamente en Estados Unidos). Se asume que los que nacimos en otros países tenemos las mismas características porque tenemos el mismo turning definitorio (la caída de las Torres Gemelas), pero lo cierto es que una generación se define no sólo por el tiempo, sino por el espacio de convivencia.

 

– Digamos que esto se anula de algún modo porque las grandes ciudades se parecen entre ellas. Fred Bonner, investigador de la Universidad de Rutgers, asegura que mucho de lo que se dice sobre los millennials es cierto sólo para algunos de los de mi generación. O, como lo dice el propio Bonner: “a gente blanca, de amplias posibilidades económicas, que logran grandes cosas mientras viven en suburbios, que enfrentan ansiedad cuando aplican a universidades súper selectivas y que pueden realizar fácilmente varias tareas a la vez gracias al helicóptero que sus padres ponen a su disposición”.

 

– Dicho todo esto: ¿somos una generación? Sin duda lo somos. ¿Quiénes? ¿Quién lo decide, con base en qué? Acaso no es una maquinaria de perfecta teatralidad la que nos dice si somos haraganes, ni la que nos exige que “nomás no vayamos a destrozar lo que a otras generaciones les costó todo”. Sí somos una generación, pero al menos en México, no estoy seguro de que nuestro nombre real sea millennial. O quizá, después de tanto escucharlo, ya lo es. No lo sé.

 

– Dato curioso: los últimos libros de Strauss y Howe juntos se llaman así: Millennials Go To College (2003, 2007), Millennials and the Pop Culture (2006) y Millennials and K-12 Schools (2008). Cuando Strauss murió, en 2007, Howe publicó un libro más: Millennials in the Workplace (2010). Ni Strauss murió por hambre ni Howe lo hará. Eso, seguro.

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