SUSCRÍBETE AL NEWSLETTER

Ramadán: se ve, se siente

Yo no me vi en la necesidad de pensar o interesarme por el Ramadán, ni siquiera por curiosidad intelectual, hasta que el destino me llevó a la República Islámica de Pakistán.

Es curioso: hay 1,600 millones de musulmanes en el mundo y desde occidente se ven borrosos, desfigurados, chiquitos.

Yo no me vi en la necesidad de pensar o interesarme por el Ramadán, ni siquiera por curiosidad intelectual, hasta que el destino me llevó a la República Islámica de Pakistán.

Es el “país de los puros”, dónde se practica un Islam conservador -no por ello extremista- el que me dio el empujón.

A Pakistán llegué precisamente en Ramadán y he de decir que la pasé mal. No alcanzaba a comprender ni el significado ni la dimensión espiritual del noveno mes del calendario lunar, pero eso sí, estaba sujeta a sus reglas.

Las miradas parecían enjuiciarme, ningún establecimiento de comida abría durante las horas del ayuno, estaba estrictamente prohibido beber. En ese entonces yo estaba muy sola, arrinconada entre mis cuatro paredes o errando en un ciudad sin música en la que todos dormían. Almorzaba sin apetito, de prisa y a puerta cerrada, y en el alba me agitaba el sonido del Muadhin haciendo el llamado a la oración para el rezo de Fajr que a mis oídos sonaba denso y grave, seguido de plegarias en un idioma que no entendía.

Ahora sé que todo lo que percibí y sentí en esa primera experiencia fue un espejismo porque lo vi con los ojos del prejuicio y con miedo a ser devorada por una fe ajena.

El segundo año

La cortina cayó el segundo año, gracias a un vecino. Al inicio del mes sagrado recibí de la cocina de la casa colindante una charola con cinco guisos humeantes. Fue la ocasión de descubrir que todo buen musulmán, antes de romper el ayuno, debe asegurarse que, los que le rodean, tengan lo necesario para hacer lo propio. Esa noche, mi esposo y yo tuvimos nuestra primer cena de iftar.

A partir de ahí, nos acompañó una misteriosa estrella que nos abrió las puertas de Karachi y le siguieron un buen número de banquetes. Amigos que, a pesar de que no ayunábamos, nos invitaban a su mesa y recibían gustosos nuestras cajas de dátiles y canastas de fruta fresca.

Abuelas, tías y mamás, a las que toda la comunidad daba crédito y que orgullosas nos servían doble ración de platillos de temporada que cocinaban con madera, a fuego lento y sin atajos.

Chana masala, biryiani, nihari, haleem, pollo karahi. Durante el Ramadán los platillos son laboriosos y sus aromas cálidos, pero más allá de la comida está el reflejo feliz en el rostro de los mayores, las anécdotas de los tíos locos, los niños bulliciosos e ilusionados por las noches que no son para dormir.

La última noche

Los días pasaron y empezó la cuenta regresiva para Eid ul Fitri, la última noche de Ramadán. En esas horas vi mezquitas iluminadas, casas todas revueltas, señoras peinándose en el salón, vestidos de fiesta, embotellamientos, comercios abarrotados, empleados contando su bono extra, compras de última hora, el clásico señor perdido por los pasillos del supermercado que no logra dar con ese extraño ingrediente que su esposa ha enlistado.

En ese entonces sentí un bienestar muy familiar y estuve a punto de gritar feliz Navidad. No hay duda que damos cierto valor a las costumbres en las que fuimos criados, pero esa particular mezcla de sagrado y fiesta a todos nos embelesa y transporta sin remedio.

Las festividades religiosas transforman el pensamiento, y es una forma de romper el ritmo infernal de la vida diaria que nos impide voltear hacia los demás, establecer prioridades y sentir el peso de la enorme responsabilidad de los que tenemos, con aquellos a los que les ha ido mal (la caridad).

Al final todos tenemos la aguda urgencia de encontrar nuestro lugar en el cosmos, distinguir entre la virtud y el vicio, y un deseo ardiente de adoptar lo bueno y evitar lo malo, para protegernos de nosotros mismos.

Julieta Aguilar, periodista y editora mexicana, es una mujer nómada que ha pasado varios años de su vida en diversos países del mundo, principalmente musulmanes, incluidos Pakistán e Indonesia. Sabe de lo que habla.

Tags
Compartir
Share on FacebookGoogle+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn
Páginas amigas