Sexo con 365 en 365 días

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Por Julia Santibáñez

La lujuria no es buen negocio. Lo fue cuando conservaba un toque de transgresión. Ya no. Hoy resulta tan cotidiana como las galletas de animalitos y bastante menos versátil, porque no se le puede sopear en un café cargado. Para que llame la atención debe ofrecer algo distinto y, de preferencia, retorcidito. Esa parece ser la tesis del artista ruso de performance Mischa Badasyan, quien se planteó un experimento sui géneris. Más bien, con sui géneris, con su género de cuerpito: tener relaciones con 365 hombres a lo largo de 365 días y registrar los encuentros en fotografías, grabaciones de audio y video, para luego crear piezas de performance.

El creador gay, quien lleva años de vivir en Berlín, tituló su proyecto Save The Date. Dijo que a sus 26 años nunca había tenido una relación seria de pareja ni se había enamorado y que su vida sexual consistía en ir de noche a los parques para tener encuentros con desconocidos, de los que regresaba sintiéndose fatal. Entonces se le ocurrió llevar al extremo esa realidad cotidiana de muchos homosexuales. El objetivo era comprender la relación entre libertinaje y soledad: averiguar si el sexo indiscriminado (porque no le hizo el feo a ningún color, nacionalidad ni talla) mata la necesidad de afecto en los seres humanos (porque la propuesta no involucraba animales). ¿Masoquista? ¿Original? Habría que ver.

Muchos cuestionaron si su idea era arte o sólo se trataba de darle gusto al cuerpo y, además, ganar atención de los medios. Él respondió que buscaba explorar la dinámica del contacto humano e incluso dijo basarse en la estética relacional. Ese término, acuñado en los años noventa por el curador francés Nicholas Bourriaud, describe la tendencia de crear arte con base en las relaciones humanas. O sea, el ruso parecía informado, aunque al expresarse lo disimulara muy bien: “El sexo no es la penetración. El sexo es un estado emocional, un sentimiento, un contacto”, afirmó en entrevista con la revista Vice. Algunos se burlaron de él y lo llamaron “un narcisista obsesionado con el sexo”.

 

El proceso
Lo cierto es que dio inicio a su obra. Para contactar parejas usó Apps populares entre la comunidad gay, como Grindr y Scruff. Así pactó citas en supermercados, centros comerciales, aeropuertos y demás sitios llamados no-lugares por el antropólogo francés Marc Augé, es decir, espacios impersonales donde no somos individuos, sino seres anónimos. Así metía en la ecuación el presupuesto de fondo (disculpen): a través del sexo indiscriminado, él mismo se convertía en una no-persona, en un número más. En ocasiones lo dejaron plantado. Otras, el prospecto llegó a la cita pero tras cinco minutos huyó, mientras otros rechazaron sus avances. Entonces optó por el método tradicional de conocer gente: caminar por las calles de la ciudad, incluida la zona roja de Berlín, donde se desempeñó como prostituto. Entre los hombres con los que estuvo vinculado (perdón) se contó un periodista de 76 años, un instructor de yoga, una estrella del porno y algunos hombres infectados con VIH. Además, se sumó un estudiante de 20 años, heterosexual, que al enterarse del proyecto de Badasyan decidió participar. “Nunca había tenido ningún tipo de relación con un hombre y quise probar”, reconoció. Fueron a cenar, a bailar y durmieron juntos —amante del arte, el chico—.

El artista registró en un diario cada encuentro. A nadie debe haber sorprendido (tampoco a él) que en general se trató de relaciones fugaces, rutinarias. Lo que sí resultó revelador fue que para encontrar placer necesitaba ser agresivo. “Sólo disfrutaba si empleaba violencia, así que empecé a golpear a mis parejas”, señaló mientras abría los ojos para subrayar su asombro. Previsiblemente, también fue víctima de brutalidad: un tipo estuvo a punto de arrollarlo con un auto, otro lo golpeó con una botella, un neonazi lo amenazó de muerte y alguien lo roció con gas pimienta. Heroico, meterse en aprietos (ejem) por el arte. Al menos encontró cómo garantizarse adrenalina.

En la página de Facebook de Badasyan se pueden leer artículos sobre él publicados en medios de Colombia, Brasil, Estados Unidos, Italia, Francia e Israel, entre otros países. Además, alguien escribió una tesis universitaria sobre su trabajo y un bailarín de Los Ángeles, Kevin Lopez, creó una pieza de danza tomándolo como inspiración. Luego, para cerrar con broche de oro (ay, albur involuntario), voló a Berlín para pasar la noche con el ruso y apoyar directamente su experimento.

 

Y todo para qué
¿A qué conclusiones llegó el artista con Save The Date? Dice que la falta de cercanía emocional le hizo daño, que se sintió una máquina y que ahora de verdad le gustaría estar con un alguien. Conmovedor, el pronombre indefinido. ¿Cómo se ve a un año de haber terminado? Señala que ya no sale con gays y sólo se excita como voyeurista en los baños públicos o cuando interactúa con heterosexuales o bisexuales. “Dormir con tanta gente, ¿no es una locura?”, se autocuestiona en un dechado de ventriloquia. Lo sorprendente es que no menciona para nada las piezas de performance que supuestamente iba a crear. Es decir, hizo todo por el arte, pero luego se le olvidó el arte (es un decir).

Retomo las preguntas planteadas al inicio. ¿Mischa Badasyan es un masoquista abnegado? No hay duda. Si los encuentros en el parque lo dejaban sintiéndose vacío, ¿qué esperaba al jugarse el pellejo (dispensen) teniendo sexo volátil con tododios? Sus conclusiones son totalmente previsibles. ¿Es original? En absoluto. Se ha hablado hasta el hartazgo de la soledad contemporánea, de la paradoja de tener miles de amigos en Facebook y sentirse una isla en el universo. Novedoso hubiera sido descubrir, por ejemplo, que el desenfreno es la otra cara de la moralidad beata, que en los pliegues más internos del inmoral se alberga (ejem) un santo en potencia, quien hoy tiene que regodearse en el pecado, para aspirar mañana a los altares. Que con el fin de sentirse realmente solo, como un profeta que alza su voz en el desierto, nada mejor que haber conocido (en el sentido bíblico) a cientos de libertinos. Así, el proyecto de Badasyan resignificaría la incontinencia, le daría un tinte de novedad y, quizá, la volvería de nuevo un negocio. ¿Y eso sería arte? Lo demás es lo de menos.