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Si quieres que salga bien, hazlo tú mismo

Hace años, Andrea Pérezgil se dedicaba a la producción de spots publicitarios y no hacía demasiado ejercicio. Sin embargo, a […]

Hace años, Andrea Pérezgil se dedicaba a la producción de spots publicitarios y no hacía demasiado ejercicio. Sin embargo, a esta comunicóloga le cambió la vida la primera vez que hizo bicicleta de montaña en el 2003. Después de eso, nada volvió a ser igual y desde entonces nunca deja pasar muchos días sin subirse a la bici y, aún cuando hay días que no rueda por la calle, una ruta o una vereda, sí da clases de spinning así que de pedalear no se salva.

Fue de tal intensidad el romance con la bicicleta que, casi de inmediato,Andrea empezó a competir y contaba desesperada las horas para volver a rodar. La obsesión llegó al grado de que apenas un año después de haberse iniciado en este deporte, se asoció con su novio de entonces y dejó la producción para dedicarse de lleno a atender una tienda de artículos de bicicleta y organizar rodadas en diferentes lugares.

Participó en competencias de montaña más regularmente hasta que en 2010 se cayó y se rompió el hombro. “Me caí en una carrera nacional, en el mismo rancho donde aprendí a andar en bici; fue regresando de una carrera en Canadá que había hecho de siete días en las Rocallosas y vine a caerme aquí”, recuerda Andrea.

El contratiempo, sin embargo, no la detuvo. Aunque a partir de ese accidente perdió un poco de confianza en la montaña, cambió a hacer bicicleta de ruta. “Me clavé en la bici de ruta, igual de fuerte; fueron tres años muy intensos en los que, incluso, competí en Europa”, asegura.

Después de eso, bajó la intensidad y aunque sigue haciendo montaña, ruta y da sus clases de spinning, ya no compite, sólo hace ciclismo recreativo y volvió a la producción, pero ahora especializada en eventos deportivos y relacionados con la buena salud y el ejercicio. En pocas palabras, después del ciclismo, nada volvió a ser lo mismo.

 

Introducción a la cocina

Al tiempo que practicaba el ciclismo, en un intento de relajarse empezó a dedicarse a la cocina, lugar donde encontró un espacio para activar su creatividad. Asimismo, la cocina también le sirvió para comer mejor, como a ella le gusta.

“Siempre me ha gustado comer, pero siempre he sido un poco especial porque me gusta comer sano; entonces, pues lo más fácil es cocinar uno mismo porque si no se complica”, confiesa. Por azares del destino, Andrea acabó haciéndose de un robot de cocina [que son procesadores de comida avanzados que permiten programar y con los cuales se puede hacer prácticamente cualquier alimento] y quedó encantada con el juguetito.”Me pareció increíble, sobretodo para preparar comida sin ingredientes procesados y empecé a experimentar con esta máquina”, explica.

Así, empezó a hornear pan nutritivo, sin gluten ni azúcar procesada, haciendo todo desde cero, desde la harina, para después venderlos; buscando, además, hacer de ese espacio una forma para mantenerse y dejar de hacer producción.

Con todos los elementos a la mano, no tardó mucho en dar el siguiente paso.

Por la energía

Al dedicarse a un deporte como el ciclismo, Andrea solía comer barras de energía como parte de su rutina, pero las que encontraba en el mercado le caían pesadas y por tener conservadores no eran una opción nutritiva ni muy saludable.

“Ya no quería consumir las barras que vendían en las tiendas porque todas tienen azúcar y tienen muchos productos químicos”, dice. Con la ayuda de Internet, encontró una receta para hacer barras y decidió probarla. Luego del infalible método de prueba y error, encontró la receta perfecta para hacer sus propias barras de energía.

“Me hacía diez o veinte barras en tres horas y las guardaba para las siguientes dos semanas”, explica Andrea. Al llevarlas consigo, no tardó mucho tiempo hasta que le dio a probar a una amiga que necesitaba comer algo y había olvidado sus barras. Como los buenos productos, la mejor publicidad se hace de boca en boca —nunca mejor dicho— y al cabo de un tiempo Andrea surtía de barritas a muchos de sus amigos hasta que uno, en plan iluminación, le dijo que debería venderlas y tras pasar su primera reacción de incredulidad, Andrea decidió hacerlo.

Así nació, de manera muy rudimentaria, Ahá, energía positiva, básicamente entre sus amigos que se convirtieron en los primeros consumidores.

 

La profesionalización

El proceso que Andrea seguía era totalmente casero y vendía apenas unas decenas de barras cada quincena. Después, sin buscarlo, una de sus barritas llegó a manos de una amiga suya que tenía un negocio donde vendía comida saludable y le encantaron. “Me hizo, de pronto, un pedido de 200 barritas y no pude decir que no”, recuerda Andrea.

Cumplió con el primer pedido redoblando el trabajo, siguiendo el mismo método casero, en el que su rodillo era en realidad una botella vacía de vino tinto y acabó exhausta. Para el segundo pedido fuerte, reconoció que no podría sola y contrató a alguien que la ayudara, pero tampoco fue suficiente, ya que el necesitaba herramientas especiales porque si no la fuerza de trabajo se volvía muy ineficiente.

“Un ingeniero me ayudó e hizo una prensa, con la que que me dio la oportunidad de hacer cien barras en las mismas tres horas en las que antes hacía veinte”, dice Andrea. Ese parteaguas fue hace año y medio y pasó de vender doscientas barritas cada dos meses a vender más de mil en su mejor mes.

 

El secreto

La ciencia detrás de las barritas no parece demasiado, pero son en realidad el producto de tiempo de experimentación, de amor por el trabajo y de una necesidad específica. Ahá ofrece dos tipos de barras diferentes: la base de ambas está hecha de dátil y luego tiene una que lleva cacao, almendra y chía y otra que lleva cacahuate, amaranto y hemp. Todos los productos que utiliza Andrea son naturales y no están procesados.

“Una cualidad es que, al final de cuentas, es un producto nacional, hecho con productos mexicanos, sólo el hemp no es mexicano”, asegura Andrea. Asimismo, la diferencia fundamental con la demás oferta en el mercado es que este es un producto artesanal, mientras que las otras barras son industrializadas y la mayoría tienen azúcar, harinas y conservadores. Ahá no lleva ni conservadores, ni harina, ni azúcar añadida, por lo que el cuerpo puede aprovechar al máximo sus nutrientes, dice Andrea.

“Para hacer ejercicio son muy buenas, a mí me dan energía y no me caen pesadas para hacer una ruta larga de bicicleta”, confiesa Andrea luego de mi petición de honestidad absoluta en su respuesta. Además, si uno no hace ejercicio, las barras también funcionan como una colación o como un postre saludable —y esto lo digo yo, que las he probado—.

Al final de cuentas, el caso de Andrea sirve para retratar cómo un pasatiempo bien puede convertirse en un negocio estable y aunque aún le falta crecer, este producto cuenta con la energía necesaria.

Más información en su página web: http://www.aha-nutre.com/

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