Siempre puede ir peor

Foto: Shutterstock.

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Por Rafael Carballo

Siempre, siempre puede haber algo peor. Si caemos bajo, siempre cabe la posibilidad de caer más profundo. Si un día va mal, siempre puede empeorar. Esa es una ley de vida que he tenido presente desde hace muchos años. A veces la olvido, a veces uno —yo, al menos—, me dejo llevar por un optimismo absurdo y dejo de pensar en esas posibilidades.

Eso me pasó en las últimas semanas, cuando leí sobre el caso del cineasta León Serment. No, yo no le conocía ni a él ni a nadie de su familia y no tengo nada que me vincule con él, salvo la empatía luego de leer todo lo que pasó en los periódicos. Para quien no esté enterado, la cosa, en resumen fue así. Una noche asesinaron a León en Mixcoac a puñaladas y todo parecía indicar que se trató de un asalto. Tres semanas después, su mujer fue encontrada sin vida y se pensó que había sido un suicidio. Ahí es cuando nunca me imaginé que la cosa pudiera empeorar, pero empeoró. Luego de las pesquisas de la policía, se acusó al hijo de ambos y a su novia como autores intelectuales de las dos muertes (ambos asesinatos premeditados) y fueron detenidos junto a los autores materiales, a quienes, según los medios, les pagaron 100,000 pesos para perpetrar el parricidio.

Cuarenta y seis puñaladas al padre y la madre colgada del cuello de un segundo piso. Una horrible manera de acabar (no que haya bonitas formas de morir; quién podría ser el juez de eso, pero así, expuestos, uno tirado en la calle y la otra colgada, no es como nadie imagina su muerte), pero peor aún si ese era el deseo de su hijo.

Poco después de darse a conocer la detención de los acusados, se levantaron voces que cuestionaron la inusual diligencia de las autoridades, quienes resolvieron el caso en un tiempo récord en un país donde la impunidad impera.

Las mentes suspicaces sugieren, de alguna manera, que las autoridades hubiesen podido fabricar a los culpables. Por supuesto, aún no hay pruebas de eso y, supongo que será difícil que las encuentren, de haberlas. Lo triste es que esa teoría, en este país, pueda ser verdad; lo peor —porque siempre puede ir peor la cosa— es que ante una sospecha de ese tamaño la inmensa mayoría de los mexicanos dudamos, vacilamos, al menos por un segundo, y consideraríamos esa posibilidad. (¿Será esto el llamado sospechosismo?)

Imaginemos ambos escenarios. El primero es uno en el que un individuo, por el motivo que fuere, es capaz de mandar matar a sus padres —y hasta ser testigo de las 46 puñaladas—. Estamos hablando de que un tipo es lo suficientemente mezquino como para fraguar la muerte de otras dos personas, quienes además son sus padres. Este escenario es triste. Con este escenario no podríamos sino aceptar que “algo huele muy mal en Dinamarca”, para citar —nunca más oportuno— a Hamlet, de Shakespeare.

El escenario dos (como en las catafixias de Chabelo) no nos depara un panorama más halagüeño. Al contrario, porque si vivimos en un país donde las autoridades que nos protegen son capaces de inculpar a un hijo del asesinato de sus padres, el único futuro posible es sombrío. Pero si el mismísimo presidente de este país es capaz de sugerir, mediante una metáfora bíblica (uno de los muy pocos libros que asegura haber leído), que todos los ciudadanos de este país son corruptos, pues de las autoridades podemos esperar cualquier cosa, ¿o no?

Al final parece ser que las autoridades tienen razón y se trata de un cruel, absurdo y desalmado parricidio. Pero en cualquiera de ambos escenarios posibles, la conclusión es que estamos nadando en nuestra propia mierda. Pero no os preocupéis, conciudadanos, porque siempre, siempre puede empeorar la situación.

(Publicado originalmente en el blog de Rafael Carballo, Diario de un Jeiter)