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Siete lecciones tras dejar el auto

Hace dos meses decidí dejar de usar el coche, lo que cambió por completo mi relación con la ciudad. Lo […]

Hace dos meses decidí dejar de usar el coche, lo que cambió por completo mi relación con la ciudad. Lo que se necesita es planeación y paciencia: háganlo.

 

Cuando te trasladas en transporte público, en general, dejas de ser dueño de tu tiempo y más en esta ciudad. Uno depende de choferes incautos, retraso de autobuses y hay que lidiar con cambios de planes imprevistos. A esto es a lo que me enfrenté tras dejar de usar el auto en esta ciudad ya demasiado contaminada.

Aunque ya desde antes intentaba usar la bicicleta y el  transporte público para la mayoría de mis traslados, hacerlo por completo y por regla general me obligó a recalcular mis tiempos, conocer mejor la ciudad y convencerme de que el auto saca lo peor de las personas.

 

  1. Planear el trayecto

Al manejar tu propio automóvil es relativamente más fácil calcular la hora de llegada a tu destino, ya que conoces la ruta (y si no, siempre está Waze), tu forma de manejar y los riesgos que corres. Por supuesto, siempre a veces hay imprevistos que pueden modificar el tiempo, pero cuando dependes de terceros los  imprevistos se multiplican. Por ejemplo, lidiar con choferes de microbuses, puede implicar que la unidad no salga a hacer la ruta porque espere a que se llene o algo así. Por esto, la primera lección aprendida fue modificar el tiempo de transportación; si iba a un lugar al que normalmente hago 20 minutos, planeaba el doble para llegar puntual.

 

  1. Sonríe

Cuando usas el transporte público te enfrentas con personas intransigentes o que toman decisiones arbitrarias, a quienes sólo queda sonreír. Como cuando le pregunté al chofer del RTP que abordé hacia el Ángel de La Independencia cuando anunció su última parada en el Auditorio Nacional.

—¿Por qué se detiene aquí si la ruta indica que termina hasta Indios Verdes? No es ni la mitad del camino.

—Así lo dijo mi jefe —me respondió.

 

  1. No busques sensatez, busca tu seguridad

Dentro del autobús no hay luz, las cansadas cabezas se funden con el movimiento, pero debes tener algo de donde detenerte pues el chofer avanza muy rápido, como si manejara un auto ligero y no un vehículo de una tonelada con decenas de personas hacinadas.

Pocas veces me ha tocado ver que los choferes o los encargados del transporte público sean sensatos. Pueden aumentar la velocidad en una bajada sin importar los pasajeros, por lo que no hay que esperar que sean sensatos, mejor busca tu seguridad. Siempre busca apoyo para detenerte de los tubos y si no te sientes seguro, mejor bájate del vehículo y, si puedes, repórtalo.

 

  1. Ejercita tu paciencia

Hay lugares en los que puede ser complicado usar el transporte público. Por ejemplo, salir de Santa Fe después de las seis de la tarde es una prueba que debe ser enfrentada con paciencia y determinación. A pesar de haber múltiples rutas de ese centro laboral de la ciudad hacia distintos puntos de la ciudad, siempre están saturadas de personas con rostros devastados. La gente espera desesperada poder ocupar un sitio en el autobús y entonces siempre pueden ocurrir imprevistos. En uno de mis viajes para allá, cuando al fin llegaba el microbús, este fue golpeado por un camión antes de estacionarse por lo que “la unidad quedó deshabilitada”. Los usuarios debieron esperar otra media hora para abordar el siguiente para poder bajar por Constituyentes hacia el Metro Chapultepec.

Al llegar, el autobús se llenó rápidamente; después de 20 minutos en circulación los pasajeros hubieran preferido quedarse abajo porque al dar una vuelta en “U”, el vehículo chocó con un auto compacto. Todos quedaron ahí sin moverse.

—Esta me la va a pagar —gritó desde la ventana una mujer

—Yo no le voy a pagar nada —respondió el chofer apagando el motor y haciendo una seña obscena con el brazo.

Dentro del autobús, hombres y mujeres tuvieron reacciones distintas entre algunas risas incrédulas, gritos y reclamos a la mujer del coche, el suceso acarreó algunas interacciones entre los ocupantes, muchos mostraron gestos de apoyo al conductor.

En menos de una hora, dos choques.

  1. Conciencia colectiva

El 80% de los asientos de las unidades están ocupadas por hombres, sin importar que una mujer tenga que amamantar a su hijo de tres años en el pequeño escalón que la separa unos cuantos centímetros del piso. Todos estamos cansados tras una ajetreada jornada laboral, sin embargo siempre hay alguien que va más lejos que tú o alguien que requiere un asiento más que tú.

El transporte público me enseñó a pensar en colectivo, observar y conectarse con los problemas y situaciones ajenas. Al trasladarse en comunidad convives con diferentes historias y sentimientos inesperados

 

  1. El auto no es necesario, tú bienestar sí

Los taxis tampoco están exentos de estos imprevistos; si bien puedes pensar que en un taxi podrías llegar más rápido existen otros riesgos como estar a expensas del mal humor del chofer.

La decisión de qué medio de transporte usar implica consideraciones económicas, de tiempo y de estado de ánimo. Hay veces en las que simplemente no quieres lidiar con los sonidos de las puertas del metro bus o los constantes enfrenones del desgastado Metro de la ciudad.

Una de esas veces, opté por tomar un taxi: el tiempo era escaso y mi cansancio aumentaba. Abordé un taxi en la calle Durango, casi esquina con Insurgentes, y me dirigí a la colonia Narvarte, pensando que llegaría máximo en unos 20 minutos.

El conductor tomó la ruta más larga y el taxímetro superó la barrera de los 100 pesos; en un momento,  el coche de junto tocó el claxon para que el taxi donde yo me trasladaba acelerara para entrar al Viaducto, lo que despertó la ira del chofer quien comenzó a aventar las tres botellas de plástico que traía en el carro a su enemigo vial.

Sin pedir disculpa alguna, el taxista siguió la ruta echándole las luces altas al coche de adelante. Comencé a sentir un poco de miedo pues no sabía hasta dónde llegaría el odio del conductor y qué sería capaz de hacer. Pagué casi 200 pesos y llegué tensa a casa de mi amiga descartando volver a tomar un taxi en la noche.

 

  1. Libérate

No tener auto te da una sensación de liberación. No tienes que volver a ir a una verificación, comprar una batería cada tres años, ni pagar tenencia, gasolina, y lo mejor de todo, utilizar tus propios medios (y creatividad) para transportarte.

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