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Ten cuidado de quién te ríes

No existe la mala publicidad, siempre es publicidad. Y el mejor ejemplo de ello es uno de los candidatos a […]

No existe la mala publicidad, siempre es publicidad. Y el mejor ejemplo de ello es uno de los candidatos a la presidencia del país más poderoso del planeta.

Máscaras, piñatas, paletas, calcomanías, camisetas, pelucas o disfraces son algunas de las cosas que pueden encontrarse en los mercados mexicanos, colmados de mercancía para ridiculizar al ya de por sí ridículo aspirante Republicano a la presidencia de Estados Unidos.

La creación de parafernalia satírica alrededor de figuras públicas no es algo nuevo; desde Aristófanes, los pueblos han encontrado la forma de expresar, a través de la parodia, su descontento, su repudio ante las acciones de los poderosos, una válvula de escape cuando las avenidas oficiales para expresar sentimientos (como la frustración colectiva) son deficientes o de plano inexistentes.

Entre menos trascendencia tenga la participación política de un pueblo, mayor es la producción de parafernalia que insta al ritual colectivo de linchamiento simbólico. México cuenta con una larga y prolífera tradición en este rubro. Con asombrosa agilidad, nuestros centros de comercio populares incorporan nuevos personajes al panteón de villanos favoritos, como es el caso del candidato de peluquín rubio, corbata roja y tez naranja.

El producto nacional
El fenómeno Trump es comparable en sus dimensiones, sólo con la presencia en ese mismo panteón del ex presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari. La producción de parafernalia antisalinista en los años noventa fue tal que dio pie al Museo Salinas (Musal), una colección de creaciones plásticas populares instalada en el baño de la casa del artista Vicente Razo en 1996.

El Musal, objeto de la atención de artistas, curadores y demás fauna del medio cultural mexicano del momento, duró tres años, hasta que el interés se fue diluyendo. La satanización plástica de Salinas fue pereciendo ante el olvido, ante las nuevas crisis, los nuevos blancos o la resignación.

En 2002, se rescató la memoria del difunto museo a través de The Official Museo Salinas Guide, publicación que reúne comentarios de personalidades del mundo del arte contemporáneo, como Cuauhtémoc Medina y Federico Navarrete, a propósito de una muestra de la colección expuesta en Los Ángeles.

Con estas demostraciones de nuestra capacidad para caricaturizar, insultar y rebajar a cualquiera, incluso (o sobretodo) al más poderoso, nos morimos de la risa, nos regodeamos en nuestra subversión, en nuestro “ingenio mexicano”.

Pero, ¿cuál es la trascendencia de estas formas de protesta y expresiones de repudio? Volviendo a los griegos, ya desde el siglo V, el Estado estaba consciente del efecto sedante de este tipo de prácticas. Era el mismo Estado el que patrocinaba la producción de las comedias en las que sistemáticamente se ridiculizaba a políticos, filósofos y otros personajes públicos mediante la parodia.

Todo parece apuntar a que Salinas de Gortari ha adquirido una dimensión legendaria de villano en México. Mediante aquel mecanismo de burla, parecemos haberlo exorcizado a través de la risa para luego incorporarlo al panteón de los pillos, convirtiéndolo en una pieza entrañable de nuestro imaginario popular; en parte de nosotros.

El nuevo fetiche
Lo cual nos trae al villano del momento, el candidato presidencial de Estados Unidos, de quien no mencionaré el nombre. Esta negativa, no sólo es por convicción, sino justamente porque en ella radica la premisa de este artículo: no existe tal cosa como la mala publicidad. Sólo existe la publicidad, así, sin calificativos.

La estrategia de la repetición, la maquinaria generadora de presencias constantes, omniscientes—ahora potenciada al inconcebible infinito gracias a las redes sociales—, tiene la capacidad comprobada de hacernos creer que consumir veneno no es sólo completamente natural sino altamente deseable (¿qué es la Coca-Cola sino veneno?). Tiene la capacidad de proveernos con adormecedoras dosis de gratificación instantánea. Tiene la capacidad de posicionar a alguien imposicionable a la cabeza del país más poderoso del mundo.

Pareciera que el único que entiende el poder de la publicidad es ese mismo personaje, quien desde el inicio de su campaña se colocó más allá de la parodia y que usó cada presentación en público como una nueva oportunidad para superarse: el reto de ser aún más vulgar, más ofensivo, más inverosímil.

Hasta en la sopa
A poco tiempo de la elección presidencial estadounidense, no son sólo los comerciantes mexicanos quienes están inadvertidamente alimentando la maquinaria que hace que nos aparezca el sujeto hasta en la sopa, por supuesto también los estadounidenses.

Si bien es cierto que no se trata de un pueblo recién llegado a la práctica (¿quién no recuerda las pinochescas máscaras de Richard Nixon, o las simiescas de Bush junior?), lo que llama la atención es la trasnacionalización del fenómeno actual, el carácter global de la comercialización de la parafernalia. Cualquier persona, en cualquier rincón del mundo, puede conseguir una máscara, una peluca, una botarga de traje azul, corbata roja y tez naranja. Peor aún, cualquiera lo puede fabricar.

No importa que el sujeto haya hecho de los chinos los enemigos públicos número dos de Estados Unidos, después de los mexicanos, porque empresas como la Jinhua Partytime Latex Art and Crafts Factory están produciendo y vendiendo cientos de miles de máscaras; y esto, por citar sólo un caso.

Junto con las fronteras geográficas comerciales y de interés en torno al candidato presidencial de un país, se borra la frontera entre la parodia y la celebración. Detractores y aduladores no sólo usan los mismos productos (la peluca, la corbata, el peluquín, la máscara), sino que las estrategias de unos y otros conducen a lo mismo: la generación de presencia. Así, terminamos donde estamos. Basta con observar las imágenes de los rallies de campaña del Partido Republicano para entender cómo se ha vuelto indistinguible lo uno de lo otro, o leer los comentarios en torno a un bizarro video japonés, recientemente publicado en las redes: una suerte de pesadilla kawaii-psicodélica-campaña-ficticia de colores pastel creada por Mike Diva, en la que el candidato se postula para ser presidente del mundo entero. Quienes quieren ver en el video una parodia, felicitan al creador, mientras que quienes lo entienden como una exaltación del candidato, también.

En otras palabras: ten cuidado de quién te ríes; no sabes hasta dónde puedes hacerlo llegar.

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