Tres joyas arquitectónicas de Europa

Bath

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por Carlota Rangel y Ruy Feben

Pretextos para visitar un lugar puede haber miles: un museo (los estamos viendo, Louvre y El Prado), festivales (hola, Indio, California), comida (Lima), aventuras naturales y ecoturísticas (bienvenidos, Nueva Zelandia y toda África), y, bueno, otras atracciones (ejem, Amsterdam). Una razón tan buena como cualquier otra es la arquitectura. Ahí está Barcelona, cuya actual indigestión turística empezó, en parte, gracias a la obra de Antoni Gaudí, el arquitecto que hizo del art nouveau una ruta turística en su ciudad natal (que este año por fin se completa con la apertura de la Casa Vicens: prepárense, barceloneses, para odiar más a los foráneos). En este rubro, podemos hablar siempre de París y sus techos azul-grises que son hasta patrimonio de la UNESCO; de las construcciones que rodean el Puente de Carlos en Praga; de los brutalistas en Moscú y en Berlín. La arquitectura como pretexto para ir a un destino, sin embargo, suele estar amarrada a otras razones, porque casi siempre, cuando pensamos en grandes construcciones, pensamos en ciudades que, además de su paisaje urbano, ofrecen otras muchas cosas que ver y hacer. Sin embargo, existen destinos que tienen en algunos edificios o calles o zonas, razones de altísimo valor para visitarlos. He aquí tres espacios arquitectónicos de Europa que bien valen una visita; algunos, inclusive, tienen dos o tres cosas junto, para cuando uno necesita descansar un poquito de tanta belleza visual (lo sentimos, Barcelona: a esta lista no estás invitada).

Hamburgo

Chilehaus, en Hamburgo (y Böttcherstrasse, en Bremen)

Casi nadie viaja por placer al norte de Alemania, a menos que sea a Berlín. Hamburgo suele verse mucho más como un destino de negocios o de comercio; Bremen rara vez figura en un itinerario de viaje. Sin embargo, Hamburgo es la segunda ciudad de Alemania (y, casi sorprendentemente, la séptima de Europa), y por tanto tiene mucho que ofrecer. No nos detendremos en el Kunsthalle (museo gratificantemente vacío, que ostenta obras como “El caminante sobre el mar de nubes”, de Caspar David Friedrich), ni curiosidades como el Miniaturland (cuyo nombre dice todo lo que deba decirse al respecto). No hablaremos de su particular barrio rojo cercado, prohibido para mujeres y menores de edad, ni de que esta ciudad fue cuna de los Beatles. Es más, ni siquiera diremos mucho del que es, muy probablemente, su mayor atractivo turístico, otro portento arquitectónico, el barrio de Speicherstadt: los muelles de la ciudad (cuyo mote es nada menos que “La puerta al mundo”), dispuestos en una red de canales mayor que las de Venecia y Ámsterdam juntas, sobre los cuales se despliegan enormes edificios hechos a la usanza modernista de principios de siglo XX: hartos ladrillos rojos, de tal tamaño, que uno pronto se siente paseando en medio de un plácido laberinto del cual brotan ingenuos deleites como el museo del chocolate. No: de Hamburgo no diremos esto, y de entre todas sus joyas arquitectónicas (la Filarmónica diseñada por Herzog & de Meuron; el hermoso monstruo urbanístico que se llama Hafen City; el Rathaus, la iglesia de San Miguel, el túnel del Elba…), veremos a detalle ese extraño edificio llamado Chilehaus (por favor, lector mexicano: contrólese). Se trata de uno de los más poderosos ejemplares del expresionismo arquitectónico alemán, que se desarrolló en el país durante las décadas de los 20 y los 30. Líneas exageradas, podría decirse dramáticas; construcciones pesadas, ante las cuales uno, humanito, sucumbe; repetición, ritmo, sorpresa: algo de jazz, por la improvisación finamente calculada. Un estilo arquitectónico único, que puede verse también en la ciudad vecina de Bremen. Este sitio, mucho más pequeño (y célebre por “Los músicos de Bremen”, aquel cuento de los hermanos Grimm en el que burro, perro, gato y gallo van a Bremen… pero nunca llegan), y también mucho más sabroso para deambular, ofrece otro modelo expresionista: Böttcherstrasse, un callejón que parece más bien un museo experimental de antes de la Segunda Guerra Mundial. Fachadas con ventanas ridículamente pequeñas, patios que brotan de inesperados muros, un campanario que cada hora toca su canción y despliega una suerte de homenaje a algunos de los grandes científicos alemanes, y el inmenso mural dorado que corona la entrada a la calleja, son suficientes para estar un buen rato en esa ciudad a la que nadie, ni los animales del cuento, va casi nunca.

 

The Royal Crescent, en Bath

Bath no es una ciudad normal en el contexto británico; vaya, es una ciudad muy británica, pero con jiribilla. Por ejemplo: a diferencia de casi toda la isla, su mayor gloria no es sajona ni vikinga, sino romana. De hecho, a aquel período histórico le debe su nombre: sobre sus manantiales de aguas termales estaba dispuesto el templo de Sulis Minerva, una red de piscinas y baños a la cual los romanos imperiales iban para curarse distintas aflicciones e inclusive, a veces, a pasar las vacaciones. Hoy todavía el sitio arqueológico de Bath es, por mucho, el mayor atractivo de la ciudad: una anomalía, en un país de abadías, iglesias y construcciones megalíticas. El clima, es caprichoso, sí, pero tiene humor soleado; la comida es igualmente mala, oquei, pero hay dos o tres puestos que sobrepasan, por mucho, lo meramente comestible. O sea: cuando trata de ser británica, Bath o no lo es nada, o lo es mucho más que el resto del país. Justamente esa es la sensación que deja visitar The Royal Crescent, calle con forma de media luna al norte de la ciudad. Si bien toda Inglaterra (y sus colonias) fueron invadidas de edificios de arquitectura georgiana (una suerte de neoclásico domesticado: menos drama grecorromano y más trazos limpios, fachadas aterrazadas y ventanas monumentales) durante el siglo XVIII, fue en Bath que los arquitectos John Wood el Viejo y John Wood el Joven lograron el clímax en esta calle de 30 casitas que miran, opulentas, a un parque central. A una cuadra, el Circus, una glorieta rodeada de más residencias georgianas, completa el recorrido que, por sí solo, es capaz de competir con el espectáculo que suponen las aguas turquesa de la diosa romana, y más allá: con el resto de la isla, de cuyas joyas esta ciudad es, sin duda, una de las mayores.

Reikiavik

HARPA, en Reikiavik

Seamos justos: Reikiavik es acaso la capital menos glamurosa de Europa. No tiene grandes construcciones medievales, básicamente porque hasta terminada la Segunda Guerra Mundial, la ciudad era un mero anexo rural de Dinamarca. Es, además, una urbe chaparra, con pocas construcciones de más de tres pisos. Podría decirse que, en cuanto a su arquitectura, es más pintoresca que impresionante: los techitos de colores hacen un bonito panorama para despedirse de la civilización antes de aventurarse a recorrer los glaciares y los paisajes lunares y los géiseres, todos esos sí muy imponentes. Sin embargo, Reikiavik cuenta con dos construcciones que la hacen un destino interesante en este sentido. La primera es la iglesia de Hallgrímskirkja, de look absolutamente élfico: una fachada que parece ola con punta de flecha, arroja sus casi 75 metros sobre la baja estatura del resto de la capital. Para llegar a la segunda joya, hay que seguir la mirada de la estatua de Lief Ericsson frente a esta iglesia, que lleva el rumbo hacia la bahía y desemboca en HARPA, la sala de conciertos y de conferencias de la capital. Más que repetir aquí nombres de los arquitectos (ejem, Henning Larsen, Oliafur Eliasson), se puede describir la sensación: el enorme cubo de cristal lo hace a uno sentir bajo las heladas aguas del mar islandés, y la acústica es comparable con la emoción glaciar de Skaftafell. Lleva apenas seis años de existencia y ya es una de las dos construcciones humanas capaces de rivalizar, de lejos si se quiere, con la dantesca naturaleza de su isla. La otra construcción se llama Björk, y es demasiado grande como para hablar de ella a detalle en este texto (o en cualquier otro).

 

Ruy Feben y Carlota Rangel son otra clichetera pareja que está dando la vuelta alrededor del mundo. Sólo que ellos son mexicanos y escritores. Síguelos en su blog, senaleshumo.com, y en su Instagram, @las.senales.de.humo.