Tres sustitutos para ciertos clichés turísticos

Señales de humo 2

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Por Ruy Feben y Carlota Rangel

Es prácticamente imposible no caer en dos o tres clichés turísticos cuando uno está de viaje. París, no nos digamos mentiras, no sabe igual sin la visita de rigor al Louvre; no caminar la parte medieval de Roma, no intentar al menos un avistamiento de la Muralla China, resistirse al Taj Mahal, repleto de hordas, inclusive, es hasta ridículo. Ciudades como Nueva York o Londres tienen sus respectivas mecas, que hay que visitar cada que se pueda, porque sí, ni hablar, ir a la Ciudad de México y no comer tacos es de verdad como no haber ido a la capital mexicana.

Sin embargo, y felizmente, existen clichés que pueden evitarse sin culpa. Algunos valen la pena pero no tanta; otros, opacan con sus apariciones en tours la existencia de joyas escondidas, en las que el viajero comprometido encontrará un recordatorio de que viajar es, ante todo, descubrir. Aquí tres visitas (de muchas, muchísimas que existen) que pueden sustituir, o al menos complementar, a sus despampanantes competidores cercanos.

Chantilly en vez de Versalles

Es cierto: el palacio de Luis XIV es un derroche del garbo que, pocos años después de su construcción, significó la caída de la corona francesa; es cierto que el Salón de los Espejos es como un viaje en el tiempo, y que caminar por los jardines es como habitar una película protagonizada por Keira Knightley. Pero también es cierto que algo, o mucho, de eso se pierde cuando uno ve en los espejos del salón la propia figura como parte de una hidra con cientos de caras orientales haciendo sendas fotos; algo se rompe cuando los jardines no alcanzan a verse detrás de las bermudas. Para quienes quieren evitarse el pancho por completo, o para quienes quieren tener la experiencia que esperaban tener la primera vez que fueron a Versalles, está, al norte de París, Chantilly. Antes de llegar a las obviedades: en la segunda mitad del siglo XVII, el Príncipe de Condé se encargó de hacer de su propiedad un portento arquitectónico, que hasta hoy ostenta espectaculares jardines, una colección de arte que incluye a varios maestros renacentistas y cuartos que, en su momento, pretendían competir con los del palacio más famoso de Francia; pero, además, al castillo de Chantilly asistían, por esas épocas, personajes como Moliére; por la vocación intelectual que tuvieron los dueños, uno de los espacios más impresionantes es la biblioteca, cuyo acervo se reunió ya en el siglo XIX. La mejor parte de Chantilly es que, inclusive en un primaveral domingo de mayo, uno puede hallarse de pronto solo en medio del jardín estilo inglés o en un salón tapizado de caricaturas de la época. Ah, y claro: la famosa crema batida atribuida a Vatel, el mayordomo de la propiedad, que aunque en realidad fue inventada en Italia, en este pueblo francés se hace como en ningún otro lado. Obviamente.

Gante o Amberes en vez de Brujas

Muchos de los que conocen Brujas juran que es lo mejor que hay en Bélgica; “además de los waffles y las papas”, suelen decir. Y probablemente tienen razón. La ciudad medieval flamenca no sólo es un extraordinario testimonio de cómo se vivía en esta zona de Europa hace mil años, sino que casi todo lo que hay allá está preservado como nuevo… con el agregado de restaurantes respetables (algunos incluso venden waffles y papas), proveedores de renta de bicis, carretas a caballo que dan el tour por el Markt y el Begijnhof (esa suerte de ciudadela donde vivían las viudas de los cruzados, allá en el siglo XIII) y un etcétera rebosante de turistas que caminan por las calles empedradas con cara de banqueta. Si bien visitar Brujas es una experiencia del tipo “pueblo mágico” que siempre se disfruta de algún modo, hay dos opciones, igual de cerca a Bruselas (nota al pie: no, el Manneken Pis no vale la pena, pero sí, Bruselas sí), que pueden recorrerse con similar encanto pueblerino y muchas menos obviedades. La primera es Gante, ciudad que de hecho queda en el punto medio entre la capital belga y Brujas; tiene una catedral que presume el retablo de la Adoración del Cordero Místico, de Jan van Eyck, una serie de plazoletas mucho más tranquilas que sus colegas brujenses, y un waterfront que invita a quedarse sentado allí toda la vida; vaya, tiene incluso un castillo medieval reconstruido. Por otro lado, Amberes es el hermano con onda de las otras dos, y quizá, de las tres, la que más tiempo merece. Primero, la estación de tren, estilo art nouveau, es en sí misma un sitio para visitar; luego están la casa de Rubens y el museo Plantin–Moretus (donde estuvo una de las imprentas industriales más importantes de Europa y que hoy expone cantidad de primeras ediciones, además de muchas cosas de la época); finalmente, restaurantes, cafés, galerías, tienditas y plazas animadas, que se sienten casi como Brujas hace unos 15 años.

Cualquier cosa de Islandia en vez de la Laguna Azul

El primer resultado en Google al teclear “viaje a Islandia” suele ser la Laguna Azul. Aparecen fotos de agua como la turquesa, soltando vapor frente a la espectaculares montañas islandesas que se ven por todos lados; normalmente las fotos están aderezadas con dos o tres modelos en plena sesión de spa. La laguna es, además, una de las paradas del famoso Golden Circle, una ruta que puede realizarse desde Reikiavik para ver lo más destacado de la naturaleza islandesa. Bien. Lo que hay que decir aquí es que, si uno quiere gastar algo así como 50 dólares para entrar a una laguna artificial pero muy calientita, adelante. La verdad es que es una opción fácil en un país que no es tan fácil de navegar como turista; fácil, sí, pero costosa y no tan satisfactoria como las muchas que hay en la isla. El tema con Islandia es que es uno de esos lugares donde uno todavía siente que está descubriendo territorio virgen, de modo que hay mucho, muchísimo que ver, cosas mucho, muchísimo más interesantes que el agua de un spa con nombre bonito. Digamos pues que lo que se quiere es dar un chapuzón en aguas termales para bajarle al frío; regadas a lo largo de toda la carretera principal (la única que hay en el país, realmente) hay casitas que ofrecen, por módicos 100 pesos, tiempo ilimitado en un jacuzzi natural. Pero puede uno ir más allá: caminar sobre glaciares en el parque nacional de Vatnajökull, pasar un día en la playa negra de Vik, hacer caminatas por las colinas de Skaftafell, o inclusive darle chance a Reikiavik, una capital pequeña, pero rebosante de cosas por descubrir.

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Ruy Feben y su esposa, Carlota Rangel, son otra clichetera pareja que está dando la vuelta alrededor del mundo. Sólo que ellos son mexicanos y escritores. Síguelos en su blog, senaleshumo.com, y en su Instagram, @las.senales.de.humo.