“Tú relájate y quítate la ropa”

¿Naked Lunch o Naked Dinner?

Comer sin atavismos

Hombre barbado

Desnudez a la mesa

Charla desenfadada

¿Sensación de libertad?

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por Milagro Urquieta / Fotos: Cecilia Suárez

Crónica presencial de cómo comportarse en una cena nudista.

Un tequila doble, por favor – le digo al mesero tan pronto me siento en una de las mesas de una pequeña cafetería ubicada en un primer piso sobre la calle Mérida, en la colonia Roma. No he sido invitada a una cena cualquiera. Son casi las ocho de la noche y el menú gourmet de 200 pesos por persona que ofrecen no atrae mi atención en lo más mínimo. Porque al costado, en frente y por donde volteara a ver, hay más de una veintena de personas quitándose toda prenda de encima, sin la menor duda y con la mayor devoción.

Sí, estoy en una cena nudista con puros desconocidos y, eso no es todo, las próximas bragas que debían caer sobre la mesa eran las mías. “Tú relájate. Esto es muy natural” me dice Gerardo Cisneros, miembro fundador de la Federación Nudista de México. “Vas muy bien. ¿Ves a esa chava de allá? Se quitó la ropa interior sin problema. Conforme avance la noche te animarás a quitarte todo, ya verás”, agrega y se recuesta hacia atrás con ambos brazos sosteniendo su cabeza. Poco a poco, su cuerpo se aleja de la mesa de madera y su miembro queda al descubierto.

En pocos segundos, el señor de poco más de sesenta años hacía notar algo más: Una cena nudista no es sinónimo de ser sexy. Hay muchos cuerpos que hubiera preferido no observar esa noche. Ahora entiendo por qué el objetivo de esta cena es aceptarse tal cual eres, sin tapujos y sin inhibiciones. “Al despojarnos de la ropa nos liberamos de los estereotipos y valores sociales que guardamos con ellas”, me aclara Ilaria Zambotti, italiana a cargo del café gourmet Naked Lunch 122 desde hace dos años y medio.

 

Atención con las reglas.

Los requisitos para cenar desnudos en el lugar son: No tomar fotografías, evitar tocamientos indebidos a los invitados y llevar una pequeña toalla para colocarla sobre tu asiento. Higiene, ante todo. Brindo por eso con una cerveza, y converso desnuda con el muchacho sentado frente a mí. Su nombre es David y va por sus treintas. Con pelo en pecho, es reservado en la sexualidad. Por eso, ha decidido acudir a la cena y eliminar ciertos tabúes.

“Hace unos meses conocí a una chica muy liberal. Me gustaba, pero no me animé a salir con ella porque me generaba mucho ruido en el ámbito sexual”, se reprocha David en su primera cena nudista. Ya sin ropa, asegura, se siente relajado y seguro de sí mismo. Todo lo contrario, a lo que yo empiezo a sentir. Me siento frágil y expuesta. Como si todos me vieran cautelosamente la piel. Siento que me ultrajan con la mirada y, lo peor de todo, es que no puedo reclamarles nada porque yo hago lo mismo.

Verán, es inevitable sentirse vulnerable. El innato morbo humano, sumado a la poco tenue luz de la habitación me orillan a voltear a ver dignamente de re ojo los tamaños, colores e imperfecciones en cada cuerpo. La culpabilidad aumenta cuando llega el primer tiempo a mi mesa. Una ensalada fría con pasta, queso feta y jitomate me recuerda a la sazón italiana de mi abuela y al grito desesperado que seguro daría al verme desnuda.

Diez minutos después llega el segundo tiempo: una brocheta con tres albóndigas de carne. O una sutil y constante provocación sexual, aunque los invitados nudistas a la cena lo nieguen una y otra vez. “El cuerpo da morbo si está cubierto. Si está desnudo es algo tan natural que ni caso le haces” me dice Ilaria Zambotti, encargada del proyecto Naked Lunch 122. “Lo que queremos es promover el cuerpo como algo naturalmente perfecto”, insiste la mujer que abrió el café como parte de un proyecto que busca dar espacio a actividades culturales diferentes; entre ellas un club de conversación para políglotas, reuniones de filosofía y el Naked Lunch una vez cada mes (el nombre del lugar es el mismo de la película adaptada y dirigida en 1991 por el canadiense David Cronenberg, basada en el libro de William Burroughs)

Ilaria vuelve a la cocina para dar las últimas indicaciones a la chef. “Se viene el postre. Un delicioso mousse de maracuyá y coco”, nos dice. Mientras eso ocurre, dos de los asistentes a la cena me platican sobre los próximos eventos nudistas a celebrarse. Desde un karaoke nudista y una fiesta de Halloween hasta un temazcal a las afueras de la ciudad. Había pasado una hora y media desde que me desnudé frente a todos, y ya empezaba a sentir que era suficiente libertad por una noche.

 

Solos o en pareja.

Tú me traes a estos lugares porque eres un pervertido, ¿verdad? – bromea una mujer a su esposo en voz alta y con una sublime carcajada desde el otro lado de la mesa. Ambos están, por su puesto, desnudos, y son pareja desde hace 9 años. Sin embargo, a él gusta desnudarse desde hace veinte. “Me gusta apreciar el cuerpo humano y sentirme libre”, me dice.

Esa libertad también la siente el grupo de mujeres que están sentadas en una esquina del café, como también Guillermo y Paola, novios desde hace seis años que cambiaron una cena romántica de jueves por un Naked Lunch. “Es como una cena en cualquier círculo social. Ahora, por ejemplo, estábamos hablando de filosofía con un chico de aquí que estudia esa carrera”, me cuenta Guillermo mientras acomoda su cuerpo sobre su asiento.

“Cuando te desnudas cruzas una barrera y recuperas esa libertad que de niño vivías. No necesitas la ropa estando dentro de un café, el clima exige quitártela. Todo lo demás es una convención social”, agrega. Y si bien todos aquí parecen estar muy seguros en su piel (y estrías de más), el número de hombres sobre el de mujeres es superior. Dieciocho versus siete para ser exactos.

“Para la sociedad no es lo mismo ver a un hombre sin camisa que a una mujer sin sostén”, recalca Paola, una venezolana que descubrió el nudismo a través de un performance que hacía con unas amigas cuando tenía 20, y que luego lo asumió como un estilo de vida. “Eso no me hace light o puta. Ni vengo aquí para ligar gente”, enfatiza.

No todos podemos decir lo mismo. Sin embargo, ya son poco más de las diez de la noche y el mousse de maracuyá que nos sirvieron de postre perdía su consistencia. Cada quien empieza a tomar sus prendas y se viste en la misma habitación en la que se desnudó. Poco a poco y casi a regañadientes. La palabra “libertad” se había apropiado de su vocabulario. Ellos sentían que la habían perdido en ese pantalón de mezclilla o camisa a cuadros que los enfrasca a diario en cierto estereotipo social.

Sin embargo, para mí algo estaba más que claro. El significado de libertad es también una convención social. ¿Qué es sentirse libre? ¿Qué significa estar cómodo en tu propia piel? Por mi parte, salvo algunos instantes de la noche –en los que tomaba un sorbo más de tequila o cerveza-, significó la mera pretensión de poder tomar mi chamarra y evitar así una neumonía. Porque sí, si algo sentí en mi cuerpo esa noche fue un puto frío.