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Una charla con Nassim Soleimanpour, el iraní que se propuso cambiar al teatro (y ahí la lleva)

En 2011, Nassim Soleimanpour se negó a cumplir con los dos años de servicio militar iraní porque interrumpiría su incipiente […]

En 2011, Nassim Soleimanpour se negó a cumplir con los dos años de servicio militar iraní porque interrumpiría su incipiente carrera como dramaturgo. En respuesta, las autoridades de su país se negaron a emitir su pasaporte. No podía salir de Irán, pero su trabajo sí. Nació entonces White Rabbit Red Rabbit, una obra que no requiere ser ensayada ni dirigida, con un guión que el actor —cada noche uno diferente— sólo puede leer hasta 48 horas antes de que se abra el telón (tampoco puede hacer trampa y leer de qué se trata).

Gracias a un examen físico de rutina, Nassim descubrió que tenía un defecto congénito en su ojo derecho, por lo que no era apto para la milicia iraní. En 2013, le fue entregado su pasaporte y pudo salir de su país. Para ese entonces, su obra White Rabbit… había sido traducida a 15 idiomas y se había presentado en Londres, Nueva York, Brasil… En unos días tocará el turno a México.

En entrevista telefónica desde Berlín —donde vive ahora—, Nassim Soleimanpour trata de explicarnos más o menos lo que quería lograr cuando escribió la puesta en escena, lo que conoce (o no) de México y sus influencias artísticas, entre otras cosas.

 

—¿Cuál es el propósito de tu trabajo?

—[Risas] Esa podría ser la última pregunta de la entrevista. Ya en serio, la gente entiende el mundo que le rodea con diferentes herramientas: a veces hablamos de los problemas que tenemos o a veces escribimos de las preguntas que tenemos en nuestra cabeza. Creo que mi obra es para tratar de comprender mi entorno.

 

—¿Qué buscabas cuando escribiste White Rabbit…?

—Estaba en mis veintitantos cuando comencé y me tomó unos seis o siete años terminarla. Recuerdo que en ese entonces compartía departamento con mi hermano, quien es fotógrafo. Él me preguntó lo mismo, yo le contesté que escribía una obra que duraría para siempre, porque es una estructura que puede reproducirse una y otra vez. Y tal vez no me equivoqué con mi respuesta.

 

—¿Cómo surge la idea?

—La pregunta sería por qué nunca se había hecho antes. La estructura formal del teatro lleva cientos de años así, entonces llega mi obra para inicia un diálogo, uno serio, con los tótems del teatro clásico. Soy muy afortunado de tener salas llenas en cada país que se presenta la obra.

 

—¿Qué tanto conoces México?

—Eso es algo muy difícil de responder. Si me preguntas por Irán, que es mi país, no sabría decirte si lo conozco o no. Claro que sé muchas cosas de México, como su literatura, su música, su cine, su gastronomía, pero no me atrevería a decir que conozco México.

 

—¿Vendrás al estreno?

—No y es algo muy triste. Estoy varado en Berlín, tengo trabajo que hacer aquí, pero tal vez la próxima vez, aún estoy joven. Estoy seguro que México seguirá existiendo, al menos que el payaso del señor Trump quiera completar su broma. Ya encontraré la forma de visitarlos.

 

—¿A quiénes consideras tus influencias artísticas?

—Tal vez te decepcione si te digo que a mi perro, al que adoptamos cuando era muy joven, de días. Mientras lo entrenaba —siempre he tenido mascotas—, él me enseñó muchas cosas, como lo fácil que es sentir miedo o cómo aprendemos las reglas. Así que el más cercano maestro que he tenido ha sido mi perro. Por otro lado está Daniel Brooks, un dramaturgo canadiense que me enseñó muchas cosas y eso que no he visto ninguna de sus obras.

 

—¿Siempre quisiste hacer teatro?

—Durante mi adolescencia escribí poesía, así que desde muy temprana edad me convertí en escritor. Pero después me di por vencido, “para qué sufrir”, me dije. Escribir algo en un cuarto, solo, que se publique y años después arrepentirme porque no estuvo bien. Eso es horrible. Sin embargo, al cumplir 26 o 27 años, decidí dedicar mi vida a escribir. Ha sido una buena vida, pero no una muy fácil. Ahora llevo preparando una obra por más de cuatro años, mi esposa, quien es pintora, alguna vez me preguntó si no quería cambiar de profesión, porque requiere de mucha paciencia.

 

—¿Es deber del arte transgredir?

—Cuando usas la palabra deber me viene a la mente preguntar quién el jefe. Creo que el arte es una herramienta para entender. Mira, el teatro hizo que dejara mi país y que me fuera a vivir a Berlín. Hoy hablo con un tipo de México, así que es una herramienta que me ayuda a entender acerca de México. Tú tal vez entiendas un poco más sobre Irán. El arte es un regalo.

 

White Rabbit Red Rabbit se presenta en La Tratería de la Ciudad de México (Tabasco No. 152, en la Roma) del 9 de junio al 6 de octubre. La alineación no tiene desperdicio: desde la ubicua Irene Azuela, pasando por Cecilia Suárez, Ludwika Paleta y Ely Guerra, hasta Daniel Giménez Cacho.

 

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